Atención Por Favor.

Ante todo nos dirigimos y agradecemos a todos por la ayuda que nos dan con este blog ya sean seguidores, oyentes del programa de radio y por sobre todo a todos aquellos propietarios de webs, blogs, libros y todos los lugares donde han obtenidos la información y nos han acercado a nuestro mail para que podamos publicarlas en este humilde blog, para que todas las semanas desde hace ya 7 años podamos compartir en dos emisiones las tantas historias, enigmas y misterios del universo que se van pasando de generación en generación y así reflejar esas viejas leyendas, historias, enigmas y misterios que de niños oímos mas de una vez y que nos asustaban en algunos casos como también en otras nos enseñaban a valorar y respetar esas narraciones.

Desde ya les agradezco a todos y pido disculpas si no se agrega la fuente por que muchos correos no la poseen y para no cometer errores no se agrega pero en este pequeño equipo estamos muy agradecidos para con todos. Muchísimas Gracias a todos en general por su valiosa información y por su cordial atención.

Equipo Infinito.

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lunes, 7 de agosto de 2017

El Mayab, La Tierra Del Faisán y Del Venado

Hace mucho, pero mucho tiempo, el señor Itzamná decidió crear una tierra que fuera tan hermosa que todo aquél que la conociera quisiera vivir allí, enamorado de su belleza. Entonces creó El Mayab, la tierra de los elegidos, y sembró en ella las más bellas flores que adornaran los caminos, creó enormes cenotes cuyas aguas cristalinas reflejaran la luz del sol y también profundas cavernas llenas de misterio. Después, Itzamná le entregó la nueva tierra a los mayas y escogió tres animales para que vivieran por siempre en El Mayab y quien pensara en ellos lo recordara de inmediato. Los elegidos por Itzamná fueron el faisán, el venado y la serpiente de cascabel. Los mayas vivieron felices y se encargaron de construir palacios y ciudades de piedra. Mientras, los animales que escogió Itzamná no se cansaban de recorrer El Mayab. El faisán volaba hasta los árboles más altos y su grito era tan poderoso que podían escucharle todos los habitantes de esa tierra. El venado corría ligero como el viento y
la serpiente movía sus cascabeles para producir música a su paso.

Así era la vida en El Mayab, hasta que un día, los chilam, o sea los adivinos mayas, vieron en el futuro algo que les causó gran tristeza. Entonces, llamaron a todos los habitantes, para anunciar lo siguiente: ?Tenemos que dar noticias que les causarán mucha pena. Pronto nos invadirán hombres venidos de muy lejos; traerán armas y pelearán contra nosotros para quitarnos nuestra tierra. Tal vez no podamos defender El Mayab y lo perderemos.

Al oír las palabras de los chilam, el faisán huyó de inmediato a la selva y se escondió entre las yerbas, pues prefirió dejar de volar para que los invasores no lo encontraran.

Cuando el venado supo que perdería su tierra, sintió una gran tristeza; entonces lloró tanto, que sus lágrimas formaron muchas aguadas. A partir de ese momento, al venado le quedaron los ojos muy húmedos, como si estuviera triste siempre.

Sin duda, quien más se enojó al saber de la conquista fue la serpiente de cascabel; ella decidió olvidar su música y luchar con los enemigos; así que creó un nuevo sonido que produce al mover la cola y que ahora usa antes de atacar.

Como dijeron los chilam, los extranjeros conquistaron El Mayab. Pero aún así, un famoso adivino maya anunció que los tres animales elegidos por Itzamná cumplirán una importante misión en su tierra. Los mayas aún recuerdan las palabras que una vez dijo:

?Mientras las ceibas estén en pie y las cavernas de El Mayab sigan abiertas, habrá esperanza. Llegará el día en que recobraremos nuestra tierra, entonces los mayas deberán reunirse y combatir. Sabrán que la fecha ha llegado cuando reciban tres señales. La primera será del faisán, quien volará sobre los árboles más altos y su sombra podrá verse en todo El Mayab. La segunda señal la traerá el venado, pues atravesará esta tierra de un solo salto. La tercera mensajera será la serpiente de cascabel, que producirá música de nuevo y ésta se oirá por todas partes. Con estas tres señales, los animales avisarán a los mayas que es tiempo de recuperar la tierra que les quitaron.


Ése fue el anuncio del adivino, pero el día aún no llega. Mientras tanto, los tres animales se preparan para estar listos. Así, el faisán alisa sus alas, el venado afila sus pezuñas y la serpiente frota sus cascabeles. Sólo esperan el momento de ser los mensajeros que reúnan a los mayas para recobrar El Mayab.

El Diluvio Huichol

Una vez un huichol quiso roturar un pedazo de tierra para sembrar en él; pero los árboles que cortaba cada día aparecían crecidos de nuevo a la mañana siguiente.

Al quinto día quiso descubrir a qué se debía tan extraño suceso, y después de haber cortado algunos cuantos árboles, esperó. Al poco rato salió de la tierra una viejecita con un bordón en la mano, que, apuntando coa su vara a los cuatro puntos cardinales, hizo que nacieran de nuevo todos los árboles cortados. Era la anciana Nacahue, la diosa de la tierra, que hace brotar la vegetación. Después se dirigió al huichol y le habló; le dijo que su trabajo era inútil, pues antes de cinco días tendría lugar un gran diluvio, cuya aproximación se adivinaría por un viento fuerte que ie haría toser. Le aconsejó que se fabricase una caja de madera, que guardase en su interior cinco granos de maíz de cada color; cinco semillas de fríjol, también de distintos colores; cinco sarmientos de calabaza, para alimentar el fuego, y una perra prieta, y que se encerrase después en ella con todo. Así lo hizo el indio y la propia vieja cerró la tapa, sentándose después encima con una guacamaya en el hombro.

Todo sucedió como Nacahue había anunciado. Durante cinco años la caja flotó sobre el agua en todas direcciones y al sexto comenzó a descender, deteniéndose sobre una montaña, cerca de Santa Catalina, donde puede verse todavía.

Cuando el huichol salió de la caja la tierra seguía cubierta de agua; pero las guacamayas la separaron con sus picos en cinco mares. El suelo pudo secarse y de nuevo se cubrió de vegetación.


Nacahue regresó al cielo y el huichol siguió viviendo en la tierra, acompañado sólo de la perra. Cuando por las noches regresaba de su trabajo, encontraba siempre preparadas unas tortillas en su gruta. Un día se quedó acechando, para descubrir el misterio, y pudo ver cómo la perra se quitaba la piel, se convertía en una mujer y se disponía a hacer la comida. Entonces el huichol se apoderó de la piel y la arrojó a la lumbre, y sin hacer caso de los gritos de la mujer, la refrescó con el agua del nixtamal. Desde entonces no volvió a tomar forma perruna, vivió con él y los numerosos hijos que tuvieron poblaron la tierra.

Del Por Qué La Calle Del Puente del Cuervo Se Llama Así

Vivía en la ciudad de Méjico un extraño personaje llamado don Santiago Amándola, a quien todo el mundo achacaba tratos con el diablo.

Este viejo avaro tuvo un oscuro acabar. Su vida fue muy extraña. Transcurrieron sus años en una elegante mansión, servido por muchos criados y rodeado de amigos, casi siempre gentes maleantes. Ordinariamente iba vestido con harapos, ufanándose de ir sucio y de presentarse inmundo en todas partes. Su cuerpo despedía un repugnante olor y su aliento infectaba el aire en cualquier lugar donde se hallase.

Los mejores ratos los pasaba en su casa, con sus amigos, bebiendo y jugando. Los gritos, risas y blasfemias de estas reuniones atronaban la calle. El tiempo libre que le dejaban estas algazaras lo pasaba don Santiago con un pajarraco negro: un cuervo, que vivía en su casa y era su confidente. Mantenían ambos largos ratos de conversación. Don Santiago contaba al cuervo sus intimidades y éste graznaba repetidas veces para darle a entender sus respuestas. Inclinaba el cuervo la cabeza cuando asentía; la levantaba cuando quería escuchar con mejor atención, y la ladeaba para demostrar su duda. Algunas veces, para negar algo, sacudía las alas con fuerza, y en seguida lanzaba sus prolongados graznidos. A menudo en estos coloquios el amo estallaba en enormes risotadas, como si las contestaciones del cuervo fueran graciosas, mientras que otras veces gritaba desaforado y le reprendía, dándole puñetazos.

De esta manera, y por medio de este cuervo, decía don Santiago que el Señor le arrojaba sus inspiraciones y le revelaba sus secretos. En todo esto, claro está, no había más que burla y engaño; pero el señor Améndola tenía a todo el mundo embaucado con estas extrañas pláticas, que se iban divulgando por todo el barrio, con gran admiración de las gentes.

Don Santiago llamaba a su cuervo Diablo. El nombre de Diablo sonaba a todas horas en la casa. Si los criados o los amigos rompían o estropeaban algo, con achacarle el estropicio al Diablo desaparecía el coraje de don Santiago y mostraba un increíble contento. «Si lo hizo el Diablo, bien hecho está», decía. Y con mano cariñosa le alisaba el negro plumaje.

Un buen día la casa de Améndola apareció vacía. Su dueño y el cuervo, su consejero, habían desaparecido. Los amigos y gentes que frecuentaban la casa los buscaron afanosamente por la ciudad; pero todas sus pesquisas fueron en balde. Don Santiago y su cuervo no aparecían. Después de registrar cuidadosamente todo el caserón, dieron con una habitación cerrada. La llave de esta habitación la había guardado siempre don Santiago, no consintiendo jamás que nadie entrara en ella. Después de mucho forcejeo, lograron abrirla, y cuál sería su asombro al encontrar en ella un gran crucifijo, unos azotes y algunas plumas negras de cuervo! Todos pensaron que don Santiago debía de haber empleado aquellos látigos para azotar al crucifijo. Efectivamente, examinado todo aquello-minuciosamente, aparecieron manchas de sangre en el suelo y en la cruz. Se trataba, sin duda, de un gran sacrilegio. Unos clérigos que examinaron el caso afirmaron esta conjetura.

Con la desaparición del señor Améndola, y con este extraño suceso, todos quedaron amedrentados. La casa fue abandonada y pronto quedó convertida en ruinas. Las gentes que pasaban junto a ella sentían un estremecimiento de terror y durante la noche algunos vieron salir una trémula luz azulada por los balcones y cuartea-duras del edificio en ruinas.

Pasados dos años, los vecinos de la calle del Puente, que se extendía por detrás del colegio de los jesuítas de San Pedro y San Pablo, se vieron desvelados por los graznidos de un cuervo que se posaba en la baranda del puente cercano. Al principio no repararon en él; pero como los persistentes ruidos se repetían todas las. noches, se llegaron a preguntar de dónde habría salido aquel animal cuyo graznido no cesaba hasta que se oían las doce campanadas del reloj,, que le hacían levantar el vuelo.

Se difundió el rumor por la ciudad y se pensó en el diabólico cuervo de don Santiago Améndola. Esta sospecha se vio confirmada al observar que todas las noches, a las doce, un cuervo se posaba en uno de los balcones del viejo caserón, acicalaba sus plumas, lanzaba unos graznidos y acababa por introducirse entre las-ruinas de la casa.

Todos los días, cuando empezaba a oscurecer, el cuervo salía de las ruinas y se iba a posar sobre la baranda del viejo puente, de donde lo espantaba la primera de las campana-nadas de las doce.


Viendo aquel extraño pájaro, que parecía escapado del infierno, las buenas gentes se santiguaban y decían jaculatorias para alejarlo.

sábado, 5 de agosto de 2017

El Puente del Clérigo

Allá por el año de 1649 en que ocurre esta verídica historia que los años trasformaron en macabra leyenda, el sitio en que tuvieron lugar estos hechos consignados en las antiguas crónicas eran simplemente unos llanos en los que se levantaban unas cuantas casucas formando parte de la antigua parcialidad de Santiago Tlatelolco; sin embargo cruzando apenas la acequia llamada de Texontlali, cuyas aguas zarcas iban a desembocar a la laguna (junto al mercado de La Lagunilla siglos después), había unas casas de muy buena factura en una de las cuales y cruzando el puente que sobre la dicha acequia existía fabricado de mampostería con un arco de medio punto y alta balaustrada, vivía un religioso llamado don Juan de Nava, que oficiaba en el templo de Santa Catarina. Este sacerdote tenía una sobrina a su cuidado, muy linda, muy de buen ver y en edad en que se sueña con un marido, llamada doña Margarita Jáuregui.

El tercer personaje de esta increíble, pero verídica historia que aparece a fojas 231 de las memorias de Fray Marcos López y Rueda, que fuera obispo de Yucatán y Virrey provisional de la Nueva España, lo fue un caballero y portugués de muy buena presencia y malas maneras llamado don Duarte de Zarraza.

Por decirse de familia ilustre el galán portugués asistía a los saraos y fiestas virreinales y como doña Margarita Jáuregui, por haber sido hija de afortunado caballero también tenía acceso a los salones palaciegos, cierta vez se conocieron en una de esas fiestas.

Conocer a tan hermosa dama y comenzar a enamorarla fue todo uno para el enamoradizo portugués, que indagó y fue hasta la casa del fraile situada al cruzar el puente de la acequia antes mencionada. Sus requiebros, su presencia frecuente, sus regalos y sus cartas encendidas pronto inflamaron el pecho de doña Margarita Jáuregui que estaba en el mero punto de edad para el casorio, por lo que pronto accedió a los requerimientos amorosos del portugués.

Pero don Fray Juan de Nava también indagó muchas cosas de don Duarte de Zarraza y supo que allá en su tierra además de haber dejado muchas deudas, también abandonó a dos mujeres con sus respectivos vástagos, que aquí en la capital de la Nueva España llevaba una vida disipada y silenciosa y que vivía en la casa gaya y se exhibía con las descocadas barraganas. Además tenía varias queridas en encontrados rumbos de la ciudad y andaba en amoríos con diez doncellas.

Por todos estos motivos, el cura Juan de Nava prohibió terminantemente a su sobrina que aceptara los amores del porfiado portugués, pero ni doña Margarita ni don Duarte hicieron caso de las advertencias del clérigo y continuaron con sus amoríos a espaldas del ensotanado tío.

Dos veces el cura Juan de Nava habló con el llamado Duarte de Zarraza ya en tono violento prohibiéndole que se acercara tan solo a su casa o al puente de la acequia de Tezontlali, pero en contestación recibió una blasfemia, burlas y altanería de parte del de Portugal.

Y tanto se opuso el sacerdote a esos amores y tantas veces reprendió a la sobrina y a Zarraza, que este decidió quitar del medio al clérigo, porque según dijo, nadie podía oponerse a sus deseos.

Siguiendo al pie de la letra añejas y desleídas crónicas, sabemos que el perverso portugués decidió matar al clérigo precisamente el 3 de abril de ese año de 1649 y al efecto se fue a decirle a doña Margarita Jáuregui, que ya que su tío-tutor no los dejaría casarse, deberían huir para desposarse en La Puebla de los Angeles. La bella mujer convino en seguir al galán burlando la voluntad del cura.

El día señalado estaba conversando por la ventana de la casa a eso de la caída de la tarde, cuando Duarte de Zarraza vio venir al cura, acercarse al puente sobre la acequia de Texontlali y sin decirle nada a Margarita, se alejó del balcón y corrió hacia el puente.

No se sabe lo que dijeron, mejor dicho discutieron clérigo y portugués, pero de pronto, Duarte de Zarraza sacó un puñal en cuyo pomo aparecía grabado el escudo de su casa portuguesa y clavó de un golpe furioso en el cráneo al cura

El cura cayó herido de muerte y el portugués lo arrastró unos cuantos pasos y lo arrojó a las aguas lodosas de la acequia por encima de la balaustrada del puente.

Como era de muchos conocida la oposición del clérigo a sus amoríos con Margarita su sobrina, Duarte de Zarraza decidió ocultarse primero y después huir a Veracruz, en donde permaneció cerca de un año.

Pasado ese tiempo, el portugués regresó a la capital de la Nueva españa y decidió ir a ver a Margarita Jáuregui, para pedirle que huyera con él, ya que estaba muerto el cura su tío.

Esperó la noche y se encaminó hacia el rumbo norte, por el lado de Tlatelolco…

Llegó al puente de la acequia, pero no pudo pasarlo, de hecho jamás llegó a cruzarlo vivo. Al día siguiente viandantes mañaneros lo descubrieron muerto, horriblemente desfigurado el rostro por una mueca de espanto, como espanto sufrieron los descubridores, ya que don Duarte de Zarraza yacía estrangulado por un horrible esqueleto cubierto por una sotana hecha jirones, manchada de limo, de lodo y agua pestilente. Las manos descarnadas de aquél muerto, en el cual se identificó en el acto al clérigo don Juan de Nava, estaban pegadas al cuello de Zarraza, mientras brillaba a los primeros rayos del sol de la mañana, la hoja de un puñal que estaba hendiendo su mondo cráneo y en cuyo pomo aparecía el escudo de la casa de Zarraza.

No había duda, el clérigo había salido de su tumba pantanosa en la que permaneció todo el tiempo que el portugués estuvo ausente y al volver a la ciudad emergió para vengarse.


Esto dicen las crónicas, esto contó años más tarde la leyenda y por eso, al puente sin nombre y a la calle que se formó andando el tiempo, se le conoció por muchos años, como la calle del Puente del Clérigo, hoy conocida por 7a., y 8a., de Allende dando como referencia el antiguo callejón del Carrizo.

El Alacrán De Fray Anselmo

Don Lorenzo de Baena, hombre bondadoso y sencillo, poseía una considerable fortuna. Pero ocurrió que un día la mala suerte entró en su casa, y desde entonces las calamidades se sucedieron en una serie ininterrumpida. Uno de sus barcos, que regresaba con telas de China, fue apresado por los piratas; naufragó una nave cargada con mercancías, que don Lorenzo había comprado; envió un convoy de plata a las provincias de Occidente y los indios lo asaltaron… Pero no fue esto lo peor: el único hijo de don Lorenzo iba en el convoy y fue escalpelado por los indios, y su esposa, agotada por el dolor, murió algún tiempo después.

Don Lorenzo sufría todo con cristiana resignación. Cuando su ruina fue completa, sus amigos le abandonaron y tuvo que vender su casa y hasta sus muebles. Aun en la más absoluta miseria, don Lorenzo no se desanimaba y esperaba una ocasión para rehacer su fortuna.

Un día se dirigió al convento de San Diego. Vivía en él un santo padre llamado fray Anselmo, siempre dispuesto a ayudar a quien a él acudiera, caritativo y desprendido hasta la exageración. Su celda era la más pobre del convento y sus hábitos estaban hechos jirones. Todo lo que tenía lo daba, y ya ni hasta un hábito nuevo le querían entregar los hermanos, porque sabían que se desharía de él al momento para socorrer alguna necesidad.

Don Lorenzo le contó todas sus miserias. Sabía que un barco cargado con sedas y porcelanas de la China estaba próximo a llegar. Si alguien le prestaba quinientos pesos, podría comerciar con estas, mercancías y salir de su angustiosa situación. Fray Anselmo estaba muy apenado, porque ya no le quedaba con que poder ayudar a tan buen hombre. Entonces un alacrán comenzó a ascender lentamente por la pared, y el fraile lo recogió cuidadosamente, lo envolvió en un trapo y se lo dio a don Lorenzo, diciendo:

—Es lo único que tengo, hermano. Llévalo al Monte de Piedad, a ver cuánto te dan por ello.

Don Lorenzo hizo lo que el fraile le había indicado. Se presentó en el Monte de Piedad, temeroso y avergonzado, y entregó el envoltorio. Y cuando esperaban que lo despidiesen rudamente, tomando su acción por una burla, se vio sorprendido por la exclamación de admiración que el dependiente lanzó al deshacer el paquete. En su interior había un alacrán de filigrana de oro, adornado con esmeraldas, rubíes y diamantes.

Recibió por él tres mil pesos y salió para San Diego de Acapulco, donde acababa de anclar la nave esperada. Volvió a Méjico con las mercancías y las revendió rápidamente. Esto le sirvió de base para reanudar sus negocios y pronto pudo recuperar su antiguo capital.

Don Lorenzo volvió a ser un hombre inmensamente rico. La fortuna le acompañaba en todos los negocios, y volvieron a llover los halagos de los amigos. Pero no olvidaba que todo se lo debía al humilde fraile, y un día, queriendo recompensarlo, fue al Monte de Piedad, sacó el maravillo so alacrán, lo envolvió cuidadosamente y se lo llevó. Fray Anselmo recibió el regalo con tranquilidad, desenvolvió el paquete, cogió amorosamente el alacrán y, poniéndolo en la pared, en el mismo sitio de donde lo había tomado el día que se lo dio a don Lorenzo, le dijo:

— Sigue tu camino, criaturita de Dios.


Y el precioso animal, convertido de nuevo en un vulgar alacrán, comenzó a caminar lentamente.

La Leyenda De Doña Beatriz

Vivía en la ciudad de Méjico una hermosa joven, Doña Beatriz, de tan extraordinaria belleza, que era imposible verla sin quedar rendido a sus encantos.

Se contában entre sus muchos admiradores la mayor parte de la nobleza mejicana, y los más ricos potentados de Nueva España; pero el corazón de la bella latía frío e indiferente ante los requerimientos y asiduidades amorosas de sus tenaces amantes. Y así pasaba el tiempo; pero, como todo tiene un término en la vida, llegó el momento en que el helado corazón de Doña Beatriz se incendió en amores.

Ello fue en un fastuoso baile que daba la embajada de Italia.

Allí conoció Doña Beatriz a un joven italiano, Don Martín Scípoli, de esclarecida y noble estirpe.

La indiferencia de Doña Beatriz fundióse entonces como la nieve bajo de la caricia de los rayos solares, y se sintió la hermosa poseída de un nuevo sentimiento, en tanto que el joven por su parte, se había también enamorado profundamente.

Poco tiempo después, Don Martín se mostró excesivamente celoso de todos los demás adoradores de la hermosa Doña Beatriz, promoviendo continuas reyertas y desafiándose con aquellos que él suponía pretendían arrebatarle sus amores. Y tan frecuentes eran estas querellas, que Doña Beatriz estaba afligida, y en su corazón comenzó a arrai­gar el temor de que Don Martín sólo se Había enamorado de su hermosura, de modo que, cuando ésta se marchitara, moriría el amor que ahora le profesaba.

Esta preocupación embargó su mente y amargó su vida en forma tal, que decidió tomar una resolución terrible, poniendo a prueba el amor de su galán. Y al efecto, en el deseo de saber si Don Martín la quería sólo por su belleza, un día en que su padre se hallaba de viaje, con un pretexto despidió a todos sus criados para quedar sola en su casa.

Encendió el brasero que tenía en su habitación, colocando en frente la imagen de Santa Lucía, y ante la cual rezó fervorosamente para pedirle le concediera fuerza y valor con que poner por obra su propósito. Después, atándose ante los ojos un pañuelo mojado, se inclinó sobre el brasero, y soplando avivó el fuego hasta que las llamas rozaron sus mejillas. Luego metió su hermosa cara entre las ascuas.


Terminada esta terrible operación, cubrió su rostro con un tenue velo blanco y mandó llamar a Don Martín. Una vez en su presencia, apartó lentamente el velo que le cubría el rostro, mostrándoselo al galán desfigurado por el fuego; solamente brillaban en todo su esplendor sus hermosos ojos relucientes como las estrellas. Por un momento su amante quedó horrorizado contemplándola. Luego la estrechó en sus brazos amorosamente. La prueba había dado un resultado feliz, y durante todos los años de su dichoso matri­monio, Doña Beatriz no volvió a sentir el temor de que Don Martin sólo la amara por su hermosura.

jueves, 3 de agosto de 2017

El Diablo De Puente De Piedra

Cuenta la leyenda que una madrugada un hombre y su carreta, tratando de cruzar un río, invocó al diablo y ofreció su alma a cambio de que le construyera un puente.

Apareció el diablo y le dijo: acepto… A lo que el hombre contestó: pero debera estar terminado antes de que cante el gallo.

Y con velocidad escalofriante el diablo comenzó a construir el puente… Y viendo el hombre que el diablo se apretaba para poner despaciosamente la última piedra con cara burlona, se fue a su carreta, rebuscó en ella y sacando unos gallos los tomó a puntapiés y justo en el límite del tiempo, uno de ellos cantó.

Con prisa cargó de nuevo la carreta y ya sobre el puente dijo adiós al diablo.


* El cantón de Grecia tiene un distrito llamado Puente de Piedra, su nombre se refiere a un puente de piedra que, visto por debajo, se ve que falta una piedra justo donde cierra el arco. De ahí nació esta leyenda.

La Piedra de Aserrí y la Bruja Zárate

Había una vez una pintoresca ciudad llamada Aserrí ubicada a 11 km al sur de San José y gobernada por un español ilustre y bien parecido, de quien la Bruja Zárate se enamoró perdidamente. El la despreció y entonces ella juró vengar aquel desaire que le hizo el español. Días después amanecía la aldea convertida en una enorme piedra, los habitantes en animales de la montaña y el orgulloso español Pérez Colma pasaba a la categorfa de pavo real.

La Zárate era una mujer blanca, gorda, pequeña, de ojos grandes y negros, mirada maliciosa, usaba peinado con dos trenzas, dueña de sí misma, solía curar a sus enfermos y cuando le consultaban casos tristes, les obsequiaba frutas que al llegar a sus casas estas se convertían en piedras preciosas y monedas de oro.

Cierto día, un señor llamado Diógenes Olmedo fue a visitar a la famosa Zárate, para ver si le daba suerte y fortuna. Después de caminar cerca de seis horas, llegó al anochecer a la piedra y cansado de dar vueltas alrededor de ella sin encontrar un medio para poder hablar con la Bruja Zárate, resolvió recostarse en la piedra y esperar. Esperó tanto que el cansancio lo dominó y se quedó dormido. Horas después deliraba, mirando a su lado un árbol en cuyas ramas se posaron unas blancas palomas diciéndole con voz humana: “Si quieres hablar con la encantadora Zárate, da tres golpes a la piedra y dí las siguientes palabras: -Busco en vano mi ideal… años caminando y siempre en pie, linda Zárate escucha y ábreme por el amor al pavo real”. Seguidamente las palomas retomaron el vuelo dejando caer pétalos blancos.

Diógenes despertó… Ya era medianoche, levantándose dió tres golpes a la piedra y al mismo tiempo repitió las palabras que le habían dicho las palomas. En ese instante la piedra se iluminó, apareció la Zárate con un chal tinto cruzado por los hombros, en sus dedos un cigarrillo encendido y en la otra sujetaba con una cadena un lindo pavo real. Se dirigió con amabilidad al pobre hombre que temblaba de pavor diciéndole: ¿Qué de mi, buen hombre. En que puedo complacerte? Diógenes, tomando valor se acercó, la saludó inclinándose y luego le contó su doliente historia, su viudez, sus hijos enfermos y hambrientos. La Bruja Zárate. como si recordara algo y pensativa le preguntó: ¿Cuánto tiempo hace que murió tu esposa y cómo se llamaba? El pobre hombre le respondió: -Ella no murió… hace dos años salieron ella y unas amigas a bañarse a un río en la montaña… nunca más se supo de ella ni de sus amigas, desaparecieron misteriosamente… su nombre era Lupita Olmedo. La Zárate movió sus cejas, aspiró el humo de su cigarrillo y con una carcajada estripitosa enfrió la sangre del pobre hombre y le dijo: “Conmovida por tu amargo sufrir y porque me has pedido por el amor de mi ave favorita, el pavo real, te voy a dar lo que necesitas”. Caminaron una hora montaña arriba y por fin llegaron a una planicie en donde una hermosa laguna rodeada de bambues, toronjas y limones emergían de ese bello lugar, la bruja tomó varias toronjas y le dijo: Toma, aquí tienes el alimento de tus hijos”. Diógenes llenó su alforja con los frutos, en ese instante doce palomas blancas se posaron sobre los bambues y la bruja Zárate le dijo: “Puedes marcharte ya, esas palomas te serán de guía”.


Regresaba el pobre hombre pensativo y desilusionado, llevando en los hombros aquel cargamento de toronjas y en el alma la promesa de una mujer coqueta y repugnante. ¿Para qué tanta fruta y tantas palabras vanas?… Llegando a la mitad del camino y sintiendo aquella pesada carga decidió aliviarla, y arrojó seis toronjas por un precipicio hasta llegar a un río y desaparecer. Más aliviado prosiguió su camino, sus hijos lo divisaron y echaron a correr hacia el preguntándole que les había mandado la señora Zárate. Diógenes fingiendo alegría, les contó que ella les mandaba unas hermosas toronjas y que al día siguiente llegarían doce palomas blancas a darles una sorpresa. Los niños se durmieron esa noche, esperando el día siguiente para atrapar las palomitas y divertirse con las toronjas. Al día siguiente las toronjas amanecieron convertidas en oro puro, y más tarde Diógenes y los niños percibieron el ladrido de los perros y pisadas de caballos, cuál sería la sorpresa al ver que regresaban las doce paseantes que una mañana, felices fueron a la montaña y no regresaron. Lupita Olmedo venía adelante galopando para estrechar a sus hijos y su inconsolable esposo. Y contaban que la bruja Zárate, al verlas bañandose en el río tuvo la ocurrencia de convertirlas en palomas blancas y que formarían así su corte de honor. En cuanto al pavo real, le prometió que tan pronto consienta en ser su esposo, le devuelve su forma primitiva, pero el honorable español conservará su abolengo, es preciso resignarse a ser pavo real prisionero, antes que esposo de la hechicera en libertad.

El Misterio De La Piedra Blanca

Tuto Yoyo era el mote de aquel Escazuceño valeroso que tuvo el ánimo de subir solo una noche a la montaña donde moran las brujas, los duendes y los fantasmas, y llegar, sin miedo, hasta los predios mismos donde campea la bruja Zarate. Fue este valiente hombre el que estuvo a punto de develar el misterio que está escondido en la gran Piedra Blanca de Escazú. Contaba don Tuto, uno de los parroquianos más viejos de este lugar, que para los días martes y viernes, cuando eran de luna llena, las brujas, montadas en sus escobas de norte a sur Escazú sobrevolaban y por los techos de las casas pasaban, en las calles chiroteaban para terminar en la cúpula de la iglesia bien sentadas.

Una noche en que don Tuto tuvo que levantarse presuroso para hacer una necesidad en el cerco de su casa que retrete no tenía, dio la casualidad que quedó de cuclillas mirando de frente la imponente montaña que se levanta al sur y… cuál sería su sorpresa y asombro cuando en la lejana penumbra divisa cómo, por un boquete de la roca montañosa, centenares de brujas entraban y salían entre bandadas de cuervos y murciélagos que lo mismo hacían.

Don Tuto., hombre valiente y arriesgado, dos veces no lo pensó y ciñéndose bien los pantalones, ponerse en camino a esas horas no le importó. Y fascinado por aquella negra boca que tantas brujas tragaba y escupía, hasta ahí se dirigió. Cuchillo y cubierta en faja metió; un poco de tabaco en su bolso echó, mirando al cielo se hincó, una oración rezó y, santiguándose, cuesta arriba en camino se puso.

Y sin quitar la vista a aquella ventana de las tinieblas y sin detenerse un momento subió y subió nuestro aventurero hasta jadeando llegar. Por el oscuro boquete quiso entrar, pero en ese preciso momento, un duende se le aparece para esta pregunta lanzar:

-¿Adonde caminas forastero noctámbulo?

-Quiero ver que hay en esa cueva de las brujas tan negra y profunda, -contestó don Tuto-.

-No es una cueva -dijo el duende-. Es un encanto. Y las brujas que en tropel veis entrar y salir son las hadas mensajeras de Zarate, la reina de las brujas. Y esta inmensa roca que miráis, del tamaño de toda esta montaña, es la Piedra Blanca,, es pura piedra viva, que con el tiempo se cubrió de musgo y el musgo se convirtió en un frondoso bosque por donde trepa, como parásita, el bejo de yazú. Y en el centro y en lo profundo de esta gran piedra lo único que hay es un encanto, el encanto donde está encantada la Tule Vieja por obra de la bruja Zarate que la hechizó.

-¿Y quién es la Tule Vieja? -le preguntó don Tuto-.

-La Tule Vieja-contestó el duende- fue, en Escazú, la doncella más bella, que una noche se escapó de la casa gimiendo, gritando y llorando como loca porque, su prometido se le había ido. Y era ya avanzada la madrugada cuando, cansada de tanto gritar y llorar, la encontró la bruja Zarate quien, con la promesa de llevarla donde estaba su amor perdido, en el encanto de la Piedra Blanca terminó. Y ahí, sin poder salir nunca más, encantada está la que más bella fue.

-Mientes muy mal, duendecillo infernal -replicó don Tuto-. ¿Acaso no sabes que esa doncella bella es María del Rosario que de mise enamoró y después me traicionó? Mándala a llamar que me la quiero llevar. Y se metió el duende a lo más profundo del encanto para con el espanto pronto regresar. ¡Pero ya no era la bella María del Rosario! Ahora era la Tule Vieja fea que salía de ese mundo de los aparecidos y con una vigorosidad tan bestial y brutal que ni la fuerza de veinte caballos juntos la podían sosegar. Pero este espanto de las tinieblas no amedrantó a don Tuto quien, acordándose del mágico bejuco de yazú que por esos montes abundaba, en un santiamén uno cortó y con el mismo a (a Tule amarró. Y fue así como este espantoso ser perdió su diabólico poder. La Tule, con el bejuco de yazú, amarrada quedó. Don Tuto de la montaña mansita la bajó, a su casa la llevó y hasta en la iglesia la metió.

Los serenos, que en la noche el espectro vieron, dijeron por un ventanal verlos entrar y cerca del altar mayor un ritual celebrar. Era ya 29 de septiembre, día del santo patrono de Escazú, san Miguel Arcángel. Y al ser las doce horas en punto de ese día de fiesta patronal era cuando entonces sí se oían las bombas de doble trueno tronar al tiempo que un cachiflín anunciaba que ya salía, por la sacristía, la mascarada bailando al son de la filarmonía, y bailando también don Tuto con la Tule Vieja que mansa la conducía.

Era el Escazú mágico de antaño que tanto cantara este viejo trovador. Era el Escazú alegre y pintoresco, tan lleno de color y sabor alrededor de su plaza, su escuela, su cabildo y su iglesia.

Reseña histórica

Quienes tuvimos la dicha de conocerá don Tuto el juglar y de su boca sus hazañas contar, esta es la imagen que de él pudimos grabar: sobre su cabeza, un raído sombrero de pelo; un buen bigote le adornaba y la cachimba que no le faltaba; un viejo saco que siempre le abrigaba y el bastón en que se apoyaba cuando la reuma lo aquejaba. Y de la Piedra Blanca y su oscura cueva, en el misterio nos dejó; del bejuco de yazú, su magia y su virtud nos enseñó y, de la Tule Vieja, el ánima en pena de quien en vida María del Rosario se llamó.


Este relato, recogido en vivo de los labios de don Liborio Constantino de Jesús Fernández Delgado (Tuto Yoyo), en el año de mil novecientos sesenta y tantos, combina la historia de, su persona, de su visita a la Piedra Blanca y del bejuco que ahí nace, con el folclore, la tradición, la leyenda y el mundo imaginario de don Tuto. Separar estos elementos, separar estos géneros, sería desnaturalizar y falsificar lo que tienen de ciertos unos hechos y lo que tiene de maravilloso la fábula. Debemos cuidar, con celo, el regalo de este hombre que nació en Escazú el 22 de julio del año 1888 y murió en el mismo lugar el 12 de octubre de 1987.

martes, 1 de agosto de 2017

Las Cuatro Piedras Malditas De Cartago

Cuando se fundó la ciudad de Cartago en su sitio actual, en la cuadra donde hoy se levanta el edificio de los Tribunales de Justicia, vivió un mayoral encomendero que tenía muchos indígenas a su cargo. Entre estos indios se encontraba un brujo de una tribu dominada que siempre rechazó la pérdida de su libertad, religión y posesiones ante la llegada de los hispanos.

Por tal razón su capataz decidió mantenerlo en casa del encomendero, haciendo los peores trabajos de la casa, pero siempre bien vigilado para que no se escapara. En el solar de la casa sobresalían del suelo cuatro piedras que las indias encargadas de lavar utilizaban para tender ropa.

Harto de tanto sufrimiento, el brujo reunió todos los ingredientes de la peor de sus hechicerías y en medio de las cuatro piedras, durante el equinoccio de la primavera a media noche, llamó al dios de las tinieblas para que se lo llevara al mundo de la oscuridad en busca de su libertad y apagar sus odios, soltando el corcel de la venganza contra el hombre blanco.

Esa noche, Los vecinos de Cartago escucharon un retumbo seguido de un grito largo que rasgó el silencio de la noche. Al día siguiente, las lavanderas de la casa, asustadas, fueron en busca de sus amos.
Las cuatro piedras estaban desenterradas, como si algo las hubiera levantado, pues no había herramientas por ningún lado. Esto obligó al encomendero a notificar al alcalde de la ciudad, creyendo que el indio rebelde se había fugado, pero jamás se tuvo noticias de su paradero.

La esposa del mayoral llamó al cura de la ciudad, quien bendijo todas las esquinas de la propiedad para apaciguar el terror de la dama.

A partir del aquel día, una mala racha cayó sobre quien viviera en la propiedad.

El encomendero perdió sus indios en una epidemia de influenza y al verse arruinado, vendió la propiedad. Los nuevos inquilinos corrieron igual suerte, hasta que una propietaria decidió donar parte de la propiedad con el fin de levantar una iglesia en honor de la Virgen de la Soledad.

Los constructores de la iglesia, al conocer la historia, enterraron las piedras debajo del altar de la nueva edificación, en línea recta, para apaciguar el espíritu del mal, ya que María majó la cabeza del demonio. Antes de enterrarlas, bautizaron las piedras con los nombres de Sagua, Gona, Petrona y Vilva, sin dar razones del porqué de esos nombres.

Después de construida la iglesia, los habitantes de Cartago olvidaron el oscuro episodio, hasta que la edificación fue destruida por el terremoto de 1910, quedando las piedras enterradas. La propiedad se utilizó para construir, por un tiempo, el Hospital de Cartago, pero fue necesario cambiarlo a otro lugar. Más adelante, la propiedad se convirtió en la famosa plaza de la Soledad, donde se celebraron las fiestas agostinas y otras actividades durante muchos años.

Al construirse los actuales Tribunales de Justicia, los constructores desenterraron las piedras y decidieron colocarlas en la esquina sur-este del cuadrante, como detalle decorativo del jardín que rodea el edificio de los Tribunales.

La maldición cambia toda acción que se haga en medio y cerca de las piedras hacia el lado negativo, pero nunca algo negativo se convertirá en positivo. Si una pareja de novios se besa tocando alguna de estas piedras, jamás llegarán a algo formal y bueno. Si es cosa de negocios, no hay capital resistente porque la inversión será desastrosa.

El brujo se dio cuenta de la ambición y débil amistad del hombre blanco. Por lo tanto, clavó su puñal de venganza que ha llegado hasta nuestros días.


Se rumora que vecinos cercanos a las piedras se han quejado de malas vibraciones, pero esto es muy difícil de probar. Hasta aquí la historia de las cuatro piedras malditas de Cartago.

La Negrita

Por los años de 1635, la Puebla de los Pardos era un barrio segregado de la ciudad de Cartago, compuesto exclusivamente de mestizos. Era costumbre en casi toda la América española segregar a los mestizos de los blancos, obligandolos a vivir separados, hasta la fuerza de la Ley llegaba en ocasiones a prohibir el matrimonio entre ellos.

Por esta época existía allí un breñal a donde solían ir los pobres de Cartago a recoger leñna para cocinar, en las inmediaciones del breñal vivía una pobre y sencilla mujer que en la mañana del 2 de agosto se encaminó como de costumbre a recoger su carga de leña al breñal, y esta vez encontró sobre una piedra una imagen que representaba a la Santísima Virgen con el Niño en sus brazos, de un tamaño no mayor a una cuarta y tallada en piedra, la recogió y al llegar a su humilde casa la guardó en una cajita de madera.


Cuando ya se acercaba el mediodía, la mujer volvió al breñal por más leña y, llena de admiración, encontró la imagen sobre la misma piedra. La tomó creyendo que era otra imagen y se la llevó a su casa. Cuando abrió la caja para guardarla junto a la otra, llena de estupefacción notó que la otra imagen ya no estaba. Su estupefacción creció a tal punto y casi de espanto, cuando por tercera vez, al volver al breñal encontró la imagen sobre la misma piedra. Sin embargo, la tomó en sus manos y la llevó a su casa, a donde pudo constatar que se había escapado de la caja, y que encontró vacia. La buena y humilde mujer se alarmó muchísimo, corrió a la casa del cura del pueblo, se la entregó y le contó los extraños sucesos que había experimentado momentos antes. El cura, que según cuentan era don Alonso Sandoval, tomó la pequeña imagen y la depositó en un cofre con el fin de examinarla después detenidamente. Al día siguiente cuando el señor cura decidió examinar la imagen, se dió cuenta que ya no estaba en donde la había puesto, y cuando la pobre mujer que anteriormente había descubierto la imagen, decidió volver al breñal a recoger la leña matinal, con asombro encontró la imagen sobre la misma piedra en que tantas veces la había hallado. Corrió la mujer donde el señor cura, este con otras personas del lugar llegaron al breñal y en solemne procesión la llevaron hacia la iglesia parroquial depositándola en el Sagrario. Al día siguiente cuando quisieron examinarla, ya no estaba en el lugar, corrieron todos a la ya conocida piedra en el breñal y allí estaba, sobre la misma piedra. Era la quinta vez que en esta forma se manifestaba la Santísima Virgen, comprendiendo asi que quería tener su casa allí mismo, se dieron inmediatamente a la ardua tarea de levantarle una ermita, mientras podían construirle un templo digno de ella la celestial Señora, “La Virgen de los Angeles”.

Leyenda De La Casa Embrujada (Tacares de Grecia)

Esta mansión en Tacares de Grecia, llama la atención de todos los viajeros por su suntuosidad y abandono. Los lugareños tampoco pueden dejar de admirarla, pero por otro importante motivo, ellos aseguran que en esta casa asustan.

Al indagar con los vecinos, me contaron que perteneció a un señor muy adinerado, que en su tiempo, fue conocido como: “Chancho de Oro”. Según la leyenda, en la parte superior de la casa vivía don Chancho con su señora esposa, mientras que en el primer piso del inmueble, vivía una hermosa joven.

Algunos caminantes reportan haber visto, en la casa desocupada, el fantasma de una niña, que mostrando un rostro angustiado, se asoma por la ventana del segundo piso, viste a la antigua con encajes y con trenzas, una versión asegura que se trata del espíritu de una niña, cuyo nacimiento se mantuvo en secreto, padeciendo de una extraña y grave enfermedad, vivió enclaustrada, después falleció y fue enterrada en la misma propiedad.

Según dicen, don Chancho tenia casas y fincas por todo Costa Rica, añaden que fue dueño de ingenios azucareros y de beneficiadoras de café, en algunas de sus propiedades, tenia pistas de aterrizaje. También viajo por todo el mundo, llenando la casa de incontables y valiosos objetos exóticos, traídos de sus viajes, en su casa recibió a presidentes, ministros y hasta a embajadores.

Nadie sabia a ciencia cierta a cuanto ascendía su fortuna, se sospechaba que la conservaba en una bóveda construida especialmente para el, que dicen que contaba con un ingenioso sistema mecánico, que hacia que el dinero se mantuviera en movimiento, con el fin de que no se llegara a enmohecer.


Varios intentos han sido infructuosos para buscarle una utilidad, a la mansión desocupada, los pocos inquilinos se han ido, reportando que fueron espantados por apariciones y extraños ruidos, y los que han tratado de convertir el inmueble en hotel o restaurante, igual han desistido, ante experiencias igualmente escalofriantes.

martes, 11 de julio de 2017

Juegos Públicos Antigua Grecia

En la antiguedad se establecieron los juegos públicos, que eran a manera de espectáculos que se celebraban en el circo, en el estadio o en otros lugares destinados a este fin. No había en Grecia ni en Roma juegos que no estuviesen consagrados a alguna divinidad, y nunca se procedía a su celebración sin antes haber ofrendado sacrificios a los dioses.

Los cuatro principales juegos de Grecia eran los Olímpicos, los Píticos o Pitios, los Istmicos o Istmios, y los Nemeos.

Juegos olímpicos

Fueron establecidos en honor de Júpiter y se celebraban cada cinco años en Olimpia, ciudad de la provincia de la Elide, en el Peloponeso; empezaban el 22 de junio y duraban cinco días. Eran los más antiguos, solemnes y brillantes de toda la Grecia.

Su origen es muy dudoso, pero comúnmente se cree que fueron instituidos por Pelops, hijo de Tántalo. Atreo ordenó por segunda vez que fuesen celebrados, hacia el año 1250 a.C. Al volver Hércules de la expedición a la Cólquide, reunió en Olimpia a los argonautas para celebrar de nuevo allí estos nobles ejercicios en memoria del éxito de la expedición, y cada espectador y cada atleta se comprometieron a volver a Olimpia para el mismo fin, después de transcurridos cuatro años. Las guerras intestinas de Grecia interrumpieron tales fiestas hasta el reinado de Ifito, rey de la Elide y contemporáneo de Licurgo, es decir, durante tres siglos.

La celebración de estos juegos se regía por un lapso de cuatro años, período que recibió el nombre de olimpíada y que —a partir del año 776 antes de Jesucristo, en que se fijó la primera— fue adoptado por los griegos como unidad para contar el tiempo.

Los ejercicios que se verificaban habitualmente eran los cinco siguientes: 1. la carrera, que al principio se efectuaba a pie, después a caballo y por fin en carro; 2. el salto, que consistía en salvar un foso o una elevación cualquiera; 3. el disco, que era una piedra muy pesada que debía ser lanzada lo más lejos posible; 4. la lucha o combate de dos atletas, cuerpo a cuerpo; 5. el pugilato, que era una especie de esgrima a puñetazos. Los dos atletas, antes de salir al combate, armaban sus vigorosas manos con un guante de cuero provisto de trozos de plomo, se lanzaban uno sobre otro y se aporreaban a puñetazos hasta que uno de los dos se declaraba vencido o expiraba en la lid. El combate constituido por los ejercicios consecutivos de la lucha y el pugilato, recibía el nombre de pancracio, y cuando se quería designar todos ellos con una sola palabra, se les llamaba el pentatleo, o sea los cinco combates reunidos.

Estas fiestas eran presididas por jueces elegidos entre los eleos, que cuidaban de mantener el orden e impedir que para ganar el premio se pudiese recurrir al fraude o a la superchería. Los vencedores obtenían por toda recompensa una corona de olivo, pero eran conducidos en triunfo a su patria, sobre un carro tirado por cuatro caballos blancos y, como mayor homenaje, entraban en la ciudad por una brecha expresamente abierta en sus muros. Horacio llega a afirmar que el laurel ganado en Olimpia elevaba al atleta victorioso por encima de la condición humana: «No es ya un hombre —dice— es un dios».

Juegos píticos

Fueron instituidos en Delfos por el mismo Apolo con motivo de la victoria por él obtenida sobre la serpiente Pitón. Se celebraban cada cinco años, y al principio fueron verdaderos certámenes de poesía y música: el premio era otorgado al concursante que había compuesto y cantado el himno más hermoso en honor del dios cuyas flechas habían causado la muerte al monstruoso reptil. Tiempo después se añadieron a éstos los otros combates de los juegos olímpicos. El laurel fue la recompensa concedida a los vencedores.

Juegos ístmicos

Fueron instituidos en honor de Neptuno por Teseo, hacia el año 1260 antes de Jesucristo, y se celebraban siempre con gran esplendor en el istmo de Corintio —circunstancia a la que deben su denominación— cada tres años, durante el verano. La afluencia de espectadores era tan grande que solamente los’ notables de las ciudades griegas podían contar con un puesto. En estos juegos, como en los olímpicos, se disputaba el premio de la carrera, el salto, el disco, la lucha y el pugilato, sin excluir los certámenes de la poesía y la música. Una rama de pino coronaba la frente de los atletas victoriosos.

Según algunos autores, estos juegos fueron establecidos por los corintios en honor de Melicerto, hijo de Afamante, cuyo cadáver había sido depositado por las olas en las riberas del istmo.

Juegos Nemeos

La institución de estos juegos se remonta hasta la victoria obtenida por Hércules sobre el león de Nemea, o, según otros, fueron creados por los habitantes de Argos con motivo del trágico fin del joven Arquemoro, cuya historia abreviada es como sigue.

Licurgo, rey de Nemea, entregó su hijo Arquemoro a Hipsipile, después de haberla reducido a la esclavitud, para que lo amamantase. Un día en que la nodriza vagaba placenteramente por el campo con el niño en brazos, acercáronse a ella los siete jefes argivos, que cruzando el bosque nemeo marchaban a la expedición contra Tebas, en súplica de que les indicase una fuente próxima en que satisfacer la sed intensísima que les abrasaba y descansar un momento. La esclava, sin medir lo peligroso de lo que hacía o quizá ofuscada por la turbación, dejó al niño sobre una mata y acompañó a los expedicionarios hasta una fuente algo distante. Mientras tanto, la criatura moría ahogada por una serpiente.

Hipsipile fue condenada por Licurgo a prisión, y la muerte hubiera sido el castigo de su descuido, pero los jefes argivos intercedieron en su favor, obtuvieron su libertad y dedicaron al pequeño Arquemoro magníficos funerales.


Desde entonces, cada tres años, se celebró en este mismo lugar y con la misma suntuosidad, la conmemoración de esta desgracia. Sólo los argivos contribuyeron a los gastos de estos juegos, cuya presidencia ocupaban vestidos de riguroso luto, y los vencedores eran coronados con apio silvestre, que es una planta fúnebre.

Ruinas De Copán

La zona arqueológica de Copan se encuentra ubicada en la parte más occidental de Honduras, dentro de los límites lingüísticos del área Chortí, dialecto derivado de la antigua lengua Maya. La parte restaurada se conoce como “Parque Arqueológico de las Ruinas de Copan” en el que hay cinco plazas o atrios y varios templos, con las esculturas más sobresalientes y monumentos arquitectónicos construidos por los Mayas de la época clásica. En Copan la fecha inscrita más antigua encontrada hasta hoy es 9.3.6.17.18. año 501 después de Cristo; y, la más reciente es 9.18.10.0.0. año 800 D.C.; sin embargo, se encuentran indicios de que grupos de recolectores y cazadores se encontraban establecidos en esta zona 2,000 años antes de Cristo, más o menos. En Copan es frecuente encontrar cerámica Mamón o abuela, y también: Chicanel, Tzokol y Tepeuh.

Ruinas de Copán
La zona arqueológica de Copan se encuentra ubicada en la parte más occidental de Honduras, dentro de los límites lingüísticos del área Chortí, dialecto derivado de la antigua lengua Maya. La parte restaurada se conoce como “Parque Arqueológico de las Ruinas de Copan” en el que hay cinco plazas o atrios y varios templos, con las esculturas más sobresalientes y monumentos arquitectónicos construidos por los Mayas de la época clásica. En Copan la fecha inscrita más antigua encontrada hasta hoy es 9.3.6.17.18. año 501 después de Cristo; y, la más reciente es 9.18.10.0.0. año 800 D.C.; sin embargo, se encuentran indicios de que grupos de recolectores y cazadores se encontraban establecidos en esta zona 2,000 años antes de Cristo, más o menos. En Copan es frecuente encontrar cerámica Mamón o abuela, y también: Chicanel, Tzokol y Tepeuh.




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Rastros fehacientes del período formativo de la Civilización Maya de Copan, se encuentran en los grupos de El Sapo y de Titoror. En el primero tallas toscas en la roca bruta, y sus montículos sin explorar no se sabe qué ocultan. Titoror muestra una época en que los mayas quizás no conocían o dominaban el estuco y menos la talla, apenas sabían como labrar la piedra pero conocían como pigmentaria. La primitiva estela de Quebrada Seca y frente a ella tres quemadores de copal y un altar, nos hacen meditar en aquellos ritos dedicados al sol naciente.

La entrada por la avenida principal del Parque Arqueológico de las Ruinas de Copan, con montículos a sus lados, aún sin explorar, cubiertos de arboleda tropical, dá al visitante un impacto de esplendor lleno de paz; luego, se empieza a meditar, pareciendo increíble que aquél sitio haya sido el centro científico de la época clásica de los Mayas, “la ciudad en donde aparece el uso más antiguo de los numerales en forma de cabeza”; lugar en donde el nuevo método de computar los meses lunares se empleó en el año 682 D.C.; el lugar en donde se hizo el cálculo más completo del año trópico, acontecimiento que aparece conmemorado en el Altar “Q”, con una reunión de la Academia Maya de Ciencias, con astrónomos de otros centros mayas de la época.

Causa gran admiración poder apreciar en COPAN las distintas esculturas, estelas y altares; los golpes precisos dados por los talladores con herramientas rudimentarias, cinceles hechos de rocas durísimas, encontradas en la toba volcánica y otros de pedernal y de obsidiana. Estos artistas en la talla, lograron hacer sobresalir de los bloques de roca andesita, acarreados de las canteras que están a la vista del Parque, las figuras humanas de sus altos personajes, algo que no pudieron lograr los talladores de otros centros mayas del viejo imperio o época clásica. Se nos pregunta: ¿por qué en Copan no hay tallas de figuras guerreras? . La respuesta es simple: en Copan la clase de dirigentes fue de científicos y no de guerreros.

El pequeño museo de San José de Copan, muestra una rica colección de tesoros de incalculable valor arqueológico; cuchillas de obsidiana, cerámica, collares de Jade, pendientes y placas de obsidiana y de jade, esculturas variadas; las cuchillas de obsidiana encontradas en el Templo 11 que se encuentran en una de las vitrinas, parece ser que fueron empleadas para afeitarse y para hacerse tatuajes cicatrizables. Debe tenerse presente, además, que una de las expediciones del Museo Peabody encontró en Copan, las primeras pruebas de dentistería prehistórica que constituye el primer testimonio de incrustaciones hechas hace más de mil años según la exposición hecha por el Doctor en Dentistería R.R. Andrews en el Primer Congreso Médico Panamericano realizado en la ciudad de Washington.


Escribir sobre Copan con toda la amplitud deseada, necesitaría de varios volúmenes y aún así, se corre el riesgo de olvidar aspectos interesantes; solamente visitando Copan, con detenimiento y estudios, puede valorarse su riqueza.

La Leyenda Del Poás - El Sacrificio de Rualdo

Costa Rica es un hermoso país de la América Central cuya exótica Geografía exhibe selvas espesas y montañas jalonadas por fieros volcanes. Uno de ellos es el Poás.

En las selvas que se extienden en los alrededores del coloso, viven infinidad de aves cantoras, muchas de ellas con nombres curiosos y muy originales. Sólo una, la más bella por los colores de su plumaje, es muda. Se llama Rualdo y es el principal protagonista de una hermosa leyenda indígena.

Cuenta esta leyenda que hace muchos siglos, antes de la llegada de los conquistadores, el Rualdo era un ave de plumaje corriente pero su canto era el más bello y melodioso de toda la selva.

En los límites de la jungla, cerca del volcán, había un poblado indígena. En una de sus chozas vivía una hermosa muchacha huérfana, amiga de los pájaros…

Todas las mañanas, al dirigirse al río con un pequeño cántaro, la doncella caminaba lentamente, mientras escuchaba extasiada el hermoso canto de las pequeñas aves…

En cierta ocasión, una pareja de Rualdos anidó cerca de su choza. Día a día la joven observaba complacida el alegre ir y venir de los pajaritos, llevando alimentos a su pequeñuelo.

Una mañana…

Qué extraño, hace dos días no oigo el canto de los rualdos y el pequeño no hace más que piar desesperadamente.

Algo tuvo que haberle ocurrido a los padres… jamás podrían abandonar a su cría así por así…

Ven conmigo amiguito, yo te cuidaré hasta que seas grande y fuerte. Conmigo nadie te hará daño.

Desde entonces la muchacha se dedicó con sumo esmero al cuido del indefenso paj arillo. El animalito pronto creció y se hizo vivaz y cantarín, alegrando con sus trinos la morada de la solitaria joven.

El vínculo que se estableció entre el Rualdo y su ama, llegó a ser entrañable. El ave acompañaba a la joven en todo momento y lugar, ella le contaba sus cuitas y confidencias.

Un día…

¡La furia del Poás se ha desatado!

La tierra tembló violentamente y los habitantes del poblado salieron de sus chozas, presas del pánico. Mientras bajaban torrentes de lava por las laderas del volcán.

¡El dios del volcán está molesto, hay que calmar su furia antes de que sea demasiado tarde!

¡Reverenciamos tu grandeza gran dios del fuego y del trueno… compadécete de nosotros!

Los brujos pronunciaban oraciones ininteligibles y le ofrecían al dios volcánico animales y frutas. Mientras tanto, la joven huérfana corrió a esconderse al interior de su choza.

No temas pequeño Rualdo, pronto pasará la furia del gran dios. El volcán rugía cada vez con mayor furia.

El gran dios no se conforma con nuestras ofrendas… parece pedir algo más…

Sí… y yo creo saber que quiere…

El brujo más anciano decidió acercarse a la lava para confirmar sus corazonadas

Quiere un sacrificio humano

¡Soy tu confidente, gran dios del fuego… dime con qué ofrenda calmaremos tu furia!

El monstruo confió sus secretos al gran brujo…

Quiero en sacrificio a la doncella más hermosa del poblado… la doncella más hermosa del poblado…

… La doncella más hermosa del poblado… yo sé bien donde vive… en la vieja choza con su Rualdo.

El brujo convocó a todos los líderes del poblado y los enteró sobre los deseos del dios del Poás.

No hay tiempo que perder, vamos por esa doncella antes de que sea demasiado tarde.

En el interior de la choza, la joven yacía escondida en un rincón, acompañada de su Rualdo. Su corazón parecía avisarle del peligro que corría su vida.

De pronto…

Sabemos que estás ahí muchacha, hemos venido por ti para sacrificarte al gran dios del fuego.

No por favor, no quiero morir.

Es inútil que implores piedad muchacha, todo el pueblo atiende los deseos del gran dios del volcán.

La doncella pronto comprendió su imposibilidad de luchar contra los designios de su pueblo. Su vida y su belleza eran inevitablemente el precio a pagar para salvar a los suyos de una muerte segura.

Si me niego al sacrificio, el dios del volcán aniquilará entonces a todo este poblado y yo, de todas formas, moriré. Ofrendaré mi vida para cumplir la voluntad de mi raza y salvar así a muchas vidas inocentes.

Venciendo sus temores, la muchacha se entregó a los supremos sacerdotes.

A lo alto, el monstruo volcánico esperaba impaciente a su víctima.

El sacerdote condujo a la doncella cerca del cráter. Ahí, mascullando oraciones, la dejó en libertad para que avanzara hacia el fuego. No podría ya retroceder, a sus espaldas esperaban los cuchillos del pedernal…

Por el bien de mi pueblo, por la salvación de mi raza, acógeme en tus entrañas, gran dios del fuego y de la lava…

La muchacha dio unos pasos vacilantes y entonces…

Gran dios del Poás, te imploro el perdón para mi ama…

Volando en círculos sobre el cráter, mientras burlaba las lenguas de fuego, el Rualdo habló al volcán en el lenguaje misterioso de la naturaleza…

A cambio de su vida te ofrezco la armonía de mi voz

Y el Rualdo cantó como nunca antes lo había hecho. La maravilla de sus melodiosos trinos vibraron en el ambiente, ahogando el rugido del coloso volcánico.

El Poás se enterneció, la dulzura de los cantos hicieron saltar sus lágrimas, llenándose con ellas el cráter en medio de una gran humadera.

El fuego y la lava se extinguieron, ocupando en su lugar una hermosa laguna que cubrió gran parte de la oquedad del volcán.

Testigos maravillados de tan soberbio espectáculo fueron la hermosa doncella huérfana y su noble Rualdo, el cual seguía volando en círculo sobre el enorme cráter…

Las ardientes emanaciones del fuego extinto habían secado su voz para siempre pero el calor doró sus plumas y las matizó de hermosos colores azul y verde.

En adelante la selva jamás volvería a deleitarse con la mágica armonía de sus trinos, pero su hermoso plumaje sería una melodía visual para todos aquellos que gozaban del privilegio de verlo volar sobre bosques y montañas. La doncella regresó a la aldea, en medio del asombro y el silencio reverencial de toda la población.


Cuenta la leyenda que el Poás, ennomblecido por el sacrificio del Rualdo, nunca dejó de llorar. De cuando en cuando deja escapar chorros de vapor caliente… son los llantos tardíos del gran dios del fuego y de la lava…

domingo, 9 de julio de 2017

La Fuente Del Sacrificio

Leyendas indígenas de mi tierra ¡cuánta belleza y cuánta imaginación hay en ellas …!

Al desprenderse un terraplén de tierra, cerca del yurro cantarina, dejó al descubierto una pared casi vertical, como si ella hubiera sido hecha a propósito por la cuchilla de un aparato mecánico moderno.

Examinada por los vecinos de la ranchería cercana, encontraron que ciertas líneas transversales simulaban el cuerpo de una joven india, acostada con la cara al cielo.

Aquella buena gente de la Sabana de la Concepción, del cantón de Buenos Aires, se quedó “pasmada” de asombro, porque ese tatuaje en la pared del cerro, venía a recordar una vieja y extraña leyenda indígena, casi olvidada, del tiempo de la conquista y la pacificación.

Y diz los vecinos más ancianos, que a su vez lo escucharon de sus progenitores, que fue precisamente en ese mismo sitio, que siempre se llamó la Fuente del Sacrificio, donde un padre indígena sorprendió a su hija con un soldado español de los que acompañaron en su gira, por aquellos lados, a Vázquez de Coronado. Y continúa la leyenda diciendo que aquel padre, enardecido por la ira, de un flechazo mató al arcabucero, al verlo entretenido deleitándose en acariciar los senos de la india, y que, a continuación, para limpiar la impureza, procedió a rebanar a aquellas partes de la belleza aborigen.

Pero la leyenda no concluye ahí, porque notada la ausencia del deseatriado soldado aventurero en la expedición, Vázquez de Coronado ordenó la búsqueda encontrándoselo muerto con una flecha en la espalda.

Hechas las averiguaciones, y convicto de asesinato el indio, que no negó los cargos, fue condenado a morir a garrote “para escarnio de uno y otro”.

La joven india, arrepentida y mordida por la pena de sentirse causante de tan gran tragedia, después de esconderse varios días, retornó al sitio y se dejó morir.


Por algunas lunas y muchos soles aquellos graves sucesos fueron el plato de conversación de la indiada, pero los años fueron pasando poniendo su polvito de olvido en la mente de todos y nadie volvió a recordarlos. Es decir, sí se recordaban; allá de cuando en cuando, un abuelito en la tertulia familiar hacía triste reminiscencia de esa historia.

La Leyenda Del Turrialba

Hace muchísimos años, antes de que los españoles vinieran a estas tierras, vivían en la región de lo que hoy conocemos como Turrialba, indios fuertes y valientes, dispuestos a defender su territorio y a las gentes de su tribu. Estos indios eran artistas y trabajaban el barro con mucha maestría. Ellos hacían vasijas y ollas, adornadas con lindos dibujos, también figuras de gente y de sus dioses. Eran inteligentes y cultos. Tenían su música y sus danzas. Los instrumentos musicales los fabricaban ellos mismos con pieles y cueros de animales que cazaban.

En ese tiempo, el cacique de la tribu era un hombre entrado en años, que había quedado viudo. Tenía una hija. La cuidaba como su mejor tesoro. Ella se llamaba Cira. Cira era una india muy bella, de quince años, de cuerpo esbelto, pechos en maduración y carnes morenas provocativas. Su cabello era largo y de color negro, era además caritativa y amorosa con todos; manejaba el arco y la flecha con destreza. Ella iba a bañarse al río, bien custodiada por otras mujeres de la tribu, que peinaban sus largos cabellos y los perfumaban con aceites de flores.

El cacique quería darla en matrimonio a un joven de la tribu, guapo y famoso cazador. Este joven regalaba a Cira conchas de colores para adornar su cuello y sus brazos. Pero Cira no lo quería. Ella estaba enamorada de un indio de otra tribu. Su amor era secreto y nadie, ni siquiera sus más íntimas amigas, lo sabían. Solo una vez lo había visto, cuando se reunieron todas las tribus de la región para danzar y jugar. Pero desde esa vez, la imagen del indio quedó grabada en su mente. Sólo quería verlo. Muchas veces, guiada por aquella idea, Cira se había adentrado en el bosque con la ilusión de encontrarse con él. ¡Nada! Parecía habérselo tragado la tierra.

Un día, las ganas de ver al muchacho no la dejaban dormir. Cira se levantó. Echó a andar como llamada por una voz extraña. La luna estaba clarísima. Alumbraba todo el campo. Silenciosa se alejó del campamento de su tribu. Estaba asustada y oía latir su corazón. Tenía miedo de que alguien de su tribu la hubiera seguido. Sus pies quebraban las ramitas secas, sintió miedo, gritó, pero las tinieblas devoraban su grito; comenzó a llorar. Los animales nocturnos huían asustados. Caminó y caminó, internándose cada vez más. Ya cansada de vagar se sentó a la par de un enorme tronco de un viejo árbol para recuperar las fuerzas por un momento, pero se quedó dormida. Los árboles dejaron penetrar hilos de plata que iluminaban el rostro de aquella virgen salvaje. Entonces tuvo un hermoso sueño: el hombre que ella quería llegó y le dio un beso. Cira se despertó sobresaltada, llamándolo. Cuando abrió los ojos vio a un joven indio, alto, y apuesto, que le sonreía dejando entrever una dentadura blanca y parejita ¡Era su amado! Efectivamente, él se había detenido ante aquel diamante rodeado de esmeraldas.

La alegría de encontrarse fue tanta que los jóvenes se abrazaron y se besaron una y otra vez. El hombre le cantó su amor acompañado del leve suspiro de las hojas que crujían ante el alba que nacía, débil cinta de plata iluminaba la pareja feliz; las estrellas temblorosas, como pétalos de rosa que se marchita, comenzaban a huir. Y allí nació un amor vigoroso y bello, como bella es la naturaleza que les sirvió de escenario. Mientras tanto, en la tribu de Cira había confusión, el padre de Cira había ordenado la búsqueda de la muchacha. Muchos indios andaban por todo el bosque llamándola desesperadamente, los caracoles punzaron el espacio con su grito de alerta. El viejo cacique, el primero, se internó en la selva que ocultaba a su diosa. Todos los indios con sus arcos lisos, le seguían de cerca. Caminaron, caminaron; el sol se desprendía alegre y coquetón de la cima.


Los dos amantes estaban ahí al pie del tronco, muy abrazados. Cuando su padre vio a ambos jóvenes, su enojo no tuvo límite y lanzó un grito que hizo temblar la selva, pues el indio pertenecía a otra tribu. Entonces quiso separarlos y matarlos, pero al levantar su arco para atravesarlos, la tierra se agitó y abrió sus entrañas y se tragó a los dos jóvenes. Luego salió una columna de humo sagrado, como testimonio o apoteosis del amor eterno entré ambos jóvenes de dos razas y de la tierra brotó lava y piedras hasta convertirse en un volcán.