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Equipo Infinito.

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jueves, 11 de enero de 2018

La Idea de Dios en el Medievo

En el año de 1112 un hombre llamado Tankelmo declaró, en la ciudad de Utrecht, ser dios. Se sabe que predicó con gran éxito en muchas ciudades cercanas al valle del Rhin -Brabante, Flandes, y la propia Utrecht-, pero se dice que fue en Amberes donde finalmente se estableció con su propia iglesia. 

Todos los investigadores coinciden en presentar a Tankelmo como un orador elocuente, brillante, hermoso; un hombre cuya apariencia, se afirma, habría sido más propia de un ángel que de un ser humano.   Y no era para menos: después de todo, este hombre estaba convencido de su divinidad.  

Muchos podrían sorprenderse hoy con semejante historia.  Pero lo cierto es que Tankelmo no es, ni con mucho, el único caso de este tipo que se presenta en toda la Edad Media.   La historiografía moderna registra fácilmente muchos otros episodios en los que simples predicadores (o, en muchos casos, monjes o ex-monjes) declararon ser dioses o hijos de dioses o encarnaciones de la divinidad.   Piénsese, por ejemplo, en Aldeberto (siglo VIII), o en Eún de Stella (siglo X); o en los místico de la herejía del Espíritu Libre; y escrútese, luego, hasta qué punto el pathos mesiánico dominó la Europa medieval.  Innumerables movimientos heréticos, desde los amaurianos, los euquitas y el sufismo español del siglo XIII, pasando por los begardos y las beguinas de los siglos XIV y XV, hasta los mismísimos ranters de la  Inglaterra del siglo XVII, se refugiaron en la creencia de que la divinidad no era ajena al alma humana; y de que, en realidad, todo hombre podía llegar a ser dios.

De todos modos, el conocimientos de estos hechos no nos autoriza a pensar que haya habido, en efecto, muchos dioses; pero nos permiten, eso sí, advertir que la relación entre los hombres y la divinidad  no fue, en toda época, la misma.   En otras palabras, que lo que los hombres entendieron por dios en otro tiempo no coincide necesariamente con lo que los hombres entienden hoy por dios.

Pero ¿cuál es el significado probable de la palabra dios para el hombre medieval? ¿Existe, en realidad, algún correlato exterior, al que sea legítimo designar con ese vocablo?  En la Edad Media, una de las herejías del Espíritu Libre, los así llamados "begardos", asociaron el término "dios" más que a una entidad separada de este mundo y de los hombres (forma como tradicionalmente se ha entendido a dios), a una posibilidad dormida en cada uno de los seres humanos.  En efecto, cada uno de los hombres podía llegar a ser dios; y de hecho, fue, precisamente aquello, lo que cientos de begardos proclamaron con celo, a lo largo de la alta Edad Media. Pero, ¿Qué era exactamente lo que ellos proclamaban ser cuando se pensaban a sí mismos como dioses?
Hacia comienzos del siglo XIV Margarite Poret, una beguina adepta al Espíritu Libre definió la doctrina de los begardos en un libro  titulado "El espejo de las almas simples".   Por este escrito ella fue quemada viva en la hoguera.   El libro, dirigido, básicamente, a los sutiles de espíritu, esto es, a aquellas almas en las que habita la posibilidad permanente de llegar a ser dioses, está escrito en un lenguaje esotérico que define el camino de la autodeificación.  Pero también, este es un libro en el que se transparenta un nuevo modo de concebir la divinidad.  Estas ideas comenzaron a cobrar forma hacia comienzos del siglo XIII entre los estudiosos de la universidad de París.  Se sabe que entre los muros de dicha universidad tuvo origen el movimiento amauriano, una entidad compuesta, a lo menos, por cuarenta miembros, entre ellos, algunos teólogos, clérigos y filósofos, que a instancias del pensamiento de Amaury de Bène, configuraron la primera forma de herejía del Espíritu Libre, conocida hasta entonces en Europa.  La herejía se extendió, a partir de allí, por todo el continente; pero fue principalmente en Colonia donde tuvo su más amplio arraigo. 

¿Quienes eran los adeptos al Espíritu Libre?  No es fácil responder a esta cuestión.  Los adeptos a esta herejía eran hombres de muy variada naturaleza, pero que compartían la sensibilidad común de creer que eran dioses vivientes.  En rigor, no formaron nunca una comunidad o entidad al modo como estamos acostumbrados a ver.  Más bien, se trataba de grupos dispersos que florecieron en toda Europa, entre los siglos XIII y XVII, y que participaban de una manera similar de comprender la vida.  El punto en común en todas estas herejías residía en su manera particular de concebir a dios y por sobre todo de pensarse ellos mismos como dioses.

En pocas palabras, ser dios, para ellos, era sinónimo de una libertad de pensamiento y acción, sin límite ni restricción alguna para quien ha alcanzado dicha condición.  Pues no se nace dios, así, simplemente, sino que se llega a ser dios por medio de un camino de autodeificación que no cualquiera es capaz de seguir (¿será este camino la Via del Diamante?).  Por lo pronto, esta cuestión de una libertad absoluta (esto es, de una libertad con mayúscula) no es, tampoco, algo aconsejable para cualquier ser humano.  Pues, en rigor (y aún cuando insistamos en engañarnos pensando lo contrario), no es para nada fácil ser libre.  Más aún, no hay cosa más difícil que ser libre.   Los adeptos al Espíritu Libre, de hecho, establecían una diferencia (que, en todo caso, sostienen, es la única diferencia que existe, en realidad, entre los seres humanos): ellos hablan de los groseros de espíritu y de los sutiles de espíritu.  La libertad total, que para los adeptos al Espíritu Libre es la única libertad que existe, sólo es posible para los sutiles de espíritu, y por lo tanto, sólo éstos pueden aspirar a ser dioses.  Por eso, no es de extrañar que cuando los begardos (que a sí mismos se piensan como sutiles de espíritu) se identificaban con la libertad total, se sintieran a sí mismo como dioses; pues la libertad pareciera estar hecha para seres algo más que humanos, esto es, para seres sobrehumanos quizás.

El Ethos de la Ética

La palabra Ética deriva de la voz griega ethos y en su significación hace referencia a la idea de costumbres.  Pero este vínculo entre ethos y costumbre es relativamente tardío: aparece ya con Aristóteles, e incluso un poco antes con Sócrates.  La significación original de la palabra ethos viene determinada por la idea de morada o lugar dónde se habita.  Esta es, al menos, el significado del ethos que se conserva aun con Homero.  

¿Cómo fue posible, entonces, que esta voz griega variara tanto su significado en apenas un par de siglos, los que separan al poeta Homero del filósofo Aristóteles? ¿Existe, acaso, algún vínculo entre la idea de ‘morada’ y la idea de ‘costumbre’ que justifique, en algún sentido, esta variación del significado de la palabra griega ethos?   Si fuésemos rigurosos con el lenguaje, cuestión rarísima hoy en día, incluso entre la gente “letrada”, tendríamos que partir por hacer una distinción entre la voz castellana ética y la voz griega ethos.  Si bien es cierto, esta última constituye el étimos de la primera, se trata, en realidad, de dos palabras distintas.  La palabra castellana “ética”, en este sentido, hace referencia más estrictamente a la idea de “costumbre”.  En Aristóteles, el ethos está más directamente relacionado con la idea de carácter, hábito, modo de ser.  La ética, en este sentido, sería una parte de la filosofía que aborda el estudio de estos modos de ser, de estos hábitos, de estas costumbres.  Es así como aparece ahora ya nítida esta diferencia entre el ethos y la ética.  El ethos pareciese ser el objeto de estudio de la ética: la sustancia de que se ocupa la reflexión filosófica cuando se piensa a sí misma en los límites de la reflexión ética.  Pero ello, contrariamente a sustanciar una objeción a la ética, como disciplina vuelta hacia las nociones de morada o residencia, la refuerza en esta dirección y la libera de las clásicas incomprensiones, los dogmas académicos a los que estamos tan habitualmente acostumbrados.

Entre la idea de ‘morada’ y la noción de ‘costumbre’ se tiende un puente que no es nada difícil de reconstruir.  La morada, la residencia, supone un lugar en el espacio habitado, y por tanto, constituye la condición sine qua non del habitar.  Se habita únicamente en la medida en que hay una morada, una residencia; y esto es sólo posible en razón que exista un suelo, una tierra en que construir la morada. Así, la tierra posibilita la morada y la morada es la condición sine qua non del habitar.  Ahora bien, el habitar genera hábitos y los hábitos son la sustancia que constituye a la costumbre. De este modo es fácil ver cómo se puede ir de la morada a las costumbres.  El camino que lleva de un concepto al otro es diáfano y no dificulta el entendimiento.  Otra cosa distinta es, por cierto, su comprensión.

Para ello, el primer concepto que se nos impone en esta nueva nomenclatura es la noción de ‘tierra’.  El ‘morar’ la consulta como su condición necesaria y suficiente.  No es posible morar, y por tanto, generar un ethos, si no hay una tierra, esto es, si no se conserva para sí mismo y para quienes le rodean, ese lugar preciso en el que echar raíces y guarecerse.  Para el griego antiguo, y luego para el romano de los primeros años de la república, esa tierra supone un lugar harto concreto: es el espacio que usa para la construcción de su casa, es la tierra que constituye el presupuesto de su Patria.  Que nadie se confunda en este respecto.  La morada, el ethos, no es ninguna cuestión abstracta.  No es una patria en el alma del hombre, ni es un espacio imaginario en la mente de algún individuo.  A decir verdad, todas estas presunciones ‘mentales’ (psycho thing) son más bien características del mundo moderno.  El hombre antiguo es mucho más concreto de lo que a veces nos es permitido advertir.  En este caso su tierra, su patria, su morada no supone ninguna abstracción de su mente: en ello basa el hombre antiguo su salud mental.  Su tierra es la que tiene en frente, aquella que puede labrar y de la que espera el fruto de sus cosechas.  Es también la tierra visible donde construye su morada y la tierra que habitan sus hijos y que en otro tiempo habitaron sus antepasados.  Es por último la tierra que habitan sus paisanos, los hombres y mujeres que forman parte de su pueblo, y que en el mundo antiguo comparten con él algo todavía más preciado que ese tierra concreta que habitan, que ese mundo de significaciones comunes y experiencias parecidas.

La tierra es, por tanto, el primer presupuesto de la morada, la condición de posibilidad del ethos.  Pero el vínculo entre el ethos y la tierra es todavía más complejo de lo que hemos expuesto hasta aquí.  El morar la tierra, el habitarla, no es simplemente ocupar un lugar en el espacio.  El vínculo que une el ethos a la tierra no es un hecho intelectual, sino orgánico. No depende de las premisas de ningún filósofo (como la ideología marxista que siempre fue un hecho más mental que real, y, por tanto, una de las tantas tiranías del pensamiento moderno), sino que surge de la experiencia y la inserción directa en el acontecer natural de las cosas, el hecho inescrutable de hallarse integrado en un orden de sentido que toma a la naturaleza como paradigma del acontecer.  Así, el vínculo del ethos con la tierra determina un nudo mágico que liga al ser humano con la naturaleza y que lo hace formar parte de un sentido que es orgánico en cuanto tiene estructura y está vivo; corre por las venas de todos cuantos forman parte de una tal comunidad.  Por esta razón, la relación que une el ethos a la tierra genera un vínculo que determina al individuo, modela el ser; y posiciona en el mundo.  A partir de ese momento, somos según esta relación con la tierra que habitamos y vemos según ese entorno, ese paisaje, ese clima que desarrolla nuestro in-der-Welt-sein.  

La tierra que habitamos modela nuestro ser; el paisaje que constituye nuestro entorno determina nuestra mirada.  Así, de la relación ethos-tierra resulta que somos, vemos y comprendemos el mundo de un modo determinado: de ese vínculo natural, mágico y orgánico surge una Weltanschauung, una cosmovisión que es expresión de lo que somos en esencia, en relación con la tierra que habitamos y el paisaje que constituye nuestro entorno. Ello nos pone de inmediato ante la siguiente perspectiva: si el ethos tiene como presupuesto la tierra y esta tierra es, en cada caso, única, no sería legítimo, por tanto, hablar de un ethos universal.  Sólo en la mente moderna, y como fruto de una pura especulación filosófica, podría el hombre postular seriamente la hipótesis de un ethos universal.  Pero, ciertamente, para nosotros, eso no es más que una pura psycho thing; esto es, una pura abstracción que da cuenta de lo profundamente desarraigado, enfermo y desquiciado que puede llegar a ser el proyecto filosófico moderno.  

El vínculo que une el ethos a la tierra nos revela que todo ethos es local, no universal; y que, por tanto, el ethos de un chino no puede ser el mismo que el de un romano, pues, en cada caso se trata de una tierra distinta, de un paisaje diferente; y de un vínculo con esta tierra, también, en cada caso, específico.  Esto es tan evidente que bastaría con hacer mención de las diferencias de carácter tan palpables que existen entre personas que han crecido junto al mar, las que han nacido a las faldas de alguna montaña, las que han vivido toda su vida en alguna isla, o las que han tenido como escenario de vida la llanura, la pampa, los hielos eternos, o el desierto, para demostrarlo.  En cada caso, es innegable que la tierra, el paisaje, le imprimen un sello determinado al carácter de los individuos y los pueblos; y ese sello, fruto de la relación con la tierra que se habita, es algo natural y orgánico: no le fue impuesto a nadie a partir de las abstracciones de ningún filósofo.  Y es precisamente en la naturalidad, fluidez y espontaneidad de estos hechos que reivindicamos allí su salud y su orden de sentido orgánico.  

Dos ejemplos históricos que ilustran de una manera nítida esta cuestión nos vienen dado por las diferencias de carácter que distinguen, por una parte, al griego antiguo del romano, y por otra, en el mundo moderno, al inglés del alemán.  En el primer caso, las diferencias entre el ethos griego y el ethos romano son notables.  Mientras los griegos desarrollaron un ethos mucho más abierto al mundo, los romanos, en cambio, al principio, conservaron en sus mores un carácter mucho más reservado y cerrado sobre sí mismo.  Los griegos hicieron de la relativización de las costumbres y de la idea de cambio uno de los pilares de su filosofía y su sistema político; en tanto que los romanos cimentaron, sobre la idea de la severidad de sus costumbres y la valoración de la tradición, su sistema moral y su sentido del orden y del gobierno.  El griego fue mucho más laxo y mucho más permisivo en sus costumbres que el romano; el griego se permitía, a través de la filosofía y el teatro, cuestionarlo todo, relativizarlo todo.  No fue, por tanto, una casualidad, que la idea del hombre como medida de todas las cosas, haya surgido de la mente de un griego como Protágoras; el romano, en cambio, valoró siempre la solidez y rigidez de las costumbres, no su relativización; la firmeza, el orden, y la disciplina en la acción más que la vaguedad, el caos y la ausencia del sentido estructurante en el discurso filosófico o en la sátira dramatúrgica.   

Ahora bien, resulta que el griego antiguo, por poseer, en general, tierras muy poco aptas para la agricultura, se vio volcado siempre hacia el mar y llegó incluso a desarrollar poderosos imperios marítimos en Atenas y en Miletos.  El griego fue un hombre eminentemente de mar, mientras el romano fue un hombre esencialmente de tierra.  Por eso que la idea de Patria es mucho más relativa para un griego que para un romano.  Además, dispersos como estaban los griegos, en innumerables y pequeñas islas, es claro que la presencia del mar era mucho más determinante para todos ellos que la presencia de la tierra.  El griego hizo del mar su principal fuente económica; en tanto que el romano basó casi toda su economía en el cultivo de la tierra.  Estas diferencias entre tierra y mar van a caracterizar las diferencias entre romanos y griegos.  Simbólicamente la tierra representa la estabilidad, mientras el mar ha sido siempre símbolo de lo inestable, de lo que cambia.  Esto lo sabían, por cierto, intuitivamente, los hombres antiguos.  El carácter del romano, mucho más ligado a la tierra, fue siempre un carácter más conservador, más tradicional, más apegado a las costumbres; el carácter del griego, en cambio, más volcado hacia el mar, respondió siempre al carácter de un tipo más liberal, más abierto a las influencias de las ideas foráneas, más predispuesto a la crítica y el cuestionamiento de su propio sistema de valores.   

Una cuestión similar ocurrió, en la época moderna, entre el carácter del inglés y del alemán.  Inglaterra es una isla, y por ello mismo, su identidad nacional estuvo siempre más ligada al mar.  Alemania, en cambio, más ligada a la tierra, continuó siendo feudal hasta bastante entrado el siglo XX. Mientras los ingleses basaron históricamente su poderío militar en su armada, los alemanes, en cambio, lo hicieron en su ejército.  Otro tanto ocurrió con la economía y la política.  Los ingleses fueron pioneros en todo tipo de revolución industrial y fueron también los inventores de la democracia moderna y del capitalismo; los alemanes, en cambio, conservaron el carácter agrario de su economía y sólo muy tardíamente se subieron al carro de la modernidad; la primera democracia alemana tuvo lugar recién en 1919 tras la derrota en la primera guerra mundial y duró apenas unos trece años para verse reemplazada por el Tercer Reich.  Los ingleses fueron también quienes promovieron la Revolución Francesa, a través del movimiento cultural del enciclopedismo inglés que inspiró el enciclopedismo francés; e ingleses fueron también quienes llevaron a cabo la revolución americana y dieron con ello origen al caudal de valores e ideas modernas.  

Estas diferencias entre ingleses y alemanes pueden también pesquisarse si se tiene en consideración el carácter que tuvo, entre unos y otros, la Reforma Protestante del siglo XVI.  La Reforma de Lutero, en Alemania, tuvo un carácter mucho más nacionalista; la reforma que importó Inglaterra de Ginebra, y que al cabo sería mucho más significativa que el propio anglicanismo, tenía ese carácter universalista que permitió a los ingleses en América evangelizar a los aborígenes, lo mismo que siglos antes había justificado la evangelización católica de los pueblos originarios de la América del sur.  Todo ello nos lleva a proponer que el carácter inglés tiene mucha mayor inclinación hacia fenómenos como la democracia, la revolución, el cambio, el universalismo, etc., por estar más determinado por el mar, lo mismo que los griegos antiguos.  El alemán, en cambio, fue siempre más apegado a la tradición, a la severidad en las costumbres, a la conservación de los valores, al sentido de nación, etc., por estar más ligado a la tierra, lo mismo que los romanos de los primeros siglos.

Estas diferencias entre el mar y la tierra, entre un ethos de la estabilidad y un ethos inestable –sólo por expresarnos de algún modo, pues en estricto rigor sólo puede haber ethos si hay estabilidad- comportan todavía un aspecto que nos es preciso dilucidar.   Para ello habría que partir por hacer mención de algo que, en principio, parece no estar directamente relacionado con el tema que nos ocupa.  En la Retórica de Aristóteles el ethos aparece como una de las tres formas de persuasión del discurso.  Pero es curioso allí que ethos suponga esa parte de la persuasión que invoca la confianza del objeto de la persuasión en quien le persuade con el discurso.  Aristóteles dice en la Retórica que para persuadir el discurso debe apelar a tres distintas dimensiones de la audiencia: el logos, el ethos y el pathos.  Un discurso que busca persuadir debe ser racional y coherente (logos), pero debe también inspirar confianza en quien escucha (ethos); y por último, debe apelar a las emociones de la audiencia (pathos).  El ethos es presentado allí como el estatismo emocional, en contraposición al pathos que representa el dinamismo emocional. Veremos luego que el ethos se contrapone al pathos del mismo modo que la tierra es lo otro que el mar.  

La palabra pathos proviene del griego y está efectivamente referida a las emociones, al padecimiento, a la idea del sufrir en cuanto esta idea supone el pasar por una emoción: como cuando alguien puede sufrir una profunda alegría.  No se sabe cómo, en algún momento de la historia de la medicina, el neologismo patología (derivado de las palabras pathos y logos) comenzaron a utilizarse como sinónimo del estudio de las enfermedades en general; uso a nuestro entender errado, pues la palabra pathos siempre dio cuenta de cuestiones anímicas, relativas al estado de ánimo, y no a cuestiones orgánicas o afecciones de este tipo de naturaleza.   Pese a ello, hay un sentido en el que pareciera ser propio hablar de enfermedad utilizando la palabra patología.  Si bien es cierto no hay de modo de establecer cuándo fue que se estableció este uso de la palabra patología, se sabe, eso sí, que ya hacia el siglo II de la presente época, había médicos que la utilizaban con este sentido.  Lo curioso es, en este orden de ideas, saber cómo fue que se asoció la palabra pathos, que originalmente significa estado de ánimo cambiante, dinamismo emocional, padecer una emoción, etc., con la idea de algo que está enfermo o la noción de algo en cuya esencia falta la salud.  Quizá, la razón de esto haya que buscarla en la particular predisposición anímica del hombre antiguo, en su Weltanschauung o cosmovisión.  

Para el hombre antiguo la enfermedad es sinónimo de desequilibrio; la salud, en cambio, tiene que ver con restablecer la armonía que se ha perdido.  Por cierto que lo que diré a continuación es pura especulación: pero si se afina la mirada, si se templa el análisis, se podrá ver que tiene mucho asidero.  No sabemos por qué, pero especulamos que la razón por la que el hombre antiguo asoció pathos con enfermedad viene dada por la predisposición del pathos a provocar desequilibrios.  El pathos es dinamismo emocional para Aristóteles; el dinamismo emocional es sinónimo de estados de ánimo cambiantes.  Todo ello nos habla de la inestabilidad en el dominio de las emociones, lo cual puede muy bien haber sido percibido, por el hombre antiguo, como sinónimo de enfermedad.  Lo inestable es lo enfermo, por lo que se puede concluir fácilmente que su contrario, lo estable, es, en el pensamiento antiguo, la salud.  

Ciertamente esto supone una ética distinta a la ética que predomina en el mundo moderno, donde las ideas de cambio, innovación –todas ellas ligadas a la idea de inestabilidad- parecen gozar de mucho prestigio.  Ahora bien, hay que hacer mención de un otro hecho curioso en este asunto: el que una de estas patologías haya sido la enfermedad mental.  El loco, que hasta antes del Renacimiento pululaba entre las gentes “normales”, y se mezclaba entre ellos como uno más, comenzará a partir del siglo XIV a recibir un trato especial y distinto: la famosa experiencia de la Stultifera Navis constituye el más célebre ejemplo de aquello.  Encerrados en una nave y echados al mar sin un plan de navegación y sin nadie que sepa lo más mínimo sobre cómo navegar un barco, los locos del Medievo eran expulsados de las grandes ciudades y arrojados al lugar del que se creía intuitivamente que era su elemento, el mar.  Ciertamente que este viaje no suponía sólo deshacerse del loco; tenía también un sentido de purificación de la locura.  Lo curioso es que esa purificación era entendida en términos de hacer volver al loco a su elemento natural, el agua.  Y por ello cabe hacer la pregunta de por qué el agua fue concebida como el elemento natural de la locura.  

Y he aquí que todas las ideas que hemos venido vertiendo hasta ahora parecen encajar en un sólo concepto, en una sola idea fuerza: el agua, por su inestabilidad (siempre está en movimiento y el movimiento parecer la condición sine qua non de su vitalidad, pues el agua que se estanca se pudre), por su dinamismo, por su profundidad (como el agua del mar, de los océanos); y por los peligros y el misterio –lo desconocido- que nos depara, precisamente, su profundidad, pareció siempre ser el símbolo de la profundidad de las emociones, del dominio inconsciente de la vida anímica, de aquello que es más patente al loco que al cuerdo; y que, ciertamente, en un sentido antiguo pudo llegar a ser concebido como principio de desequilibrio, desarmonía, enfermedad.  Esta idea se refuerza también en la astrología, sistema de asociación entre los astros y las vidas de las personas y los hechos.  Es curioso ver allí también que el agua es el símbolo de las emociones, el elemento de los signos intuitivos como el cáncer, el escorpio y el piscis.  Pues bien, si el agua es el símbolo de la inestabilidad, la tierra, en cambio es el elemento de lo estable, y así como el agua se identifica más con el pathos, la tierra es el símbolo del ethos.   Tenemos, por tanto, que la primera condición para que pueda generarse un ethos, es la Tierra.  La tierra fundamenta lo que permanece y lo que permanece es de la esencia del ethos.  Sin tierra no hay ethos; y no hay, por consiguiente, ni cosmovisión propia, ni autenticidad de nuestro in-der-Welt-sein.  Pero la tierra es únicamente una condición necesaria del ethos; no es, todavía, por sí sola, una condición suficiente.  Para que haya ethos se requiere, además de una tierra donde morar -y en relación con la cual generar ese vínculo especial del que terminará brotando nuestra Weltanschauung y nuestro in-der-Welt-sein-, un sentido de arraigo, de pertenencia, que siendo relativo a la tierra, incorpora un nuevo elemento, hasta ahora ausente en el análisis anterior.  Ese elemento, controversial por muchas razones que no corresponde discutir aquí, es la sangre.  La sangre unida a la tierra constituyen las condiciones de posibilidad necesarias y suficientes de toda forma de ethos; y ambas, unidas, darán lugar a una comprensión del ethos en términos de Religio, religión.

Esta última afirmación podría resultar extraña para alguien que ha sido educado en el cristianismo.  Y con justa razón si se considera que el cristianismo ha modelado sin contrapesos nuestra comprensión del fenómeno religioso en los últimos quince siglos.   Pero he aquí que cabe corregir ciertas cosas en honor de la verdad y del rigor científico.  La palabra latina Religio, de la que deriva nuestra voz castellana Religión, en su significación lata y originaria, tiene muy poco que ver, o casi nada, con las ideas que nosotros asociamos hoy al término.  Para ello, baste con estos dos ejemplos que pueden muy bien ilustrar este asunto.  El primero está referido a la significación de la palabra Religio en el ámbito de la romanidad, esto es, a su etymos.  El segundo, a la impresión que sobre el cristianismo tuvieron los primeros romanos que conocieron de este movimiento.  Vayamos, pues, al primero de estos ejemplos.  

Existen, al respecto, tres opiniones diversas sobre el etymos de la palabra Religio: la que une la voz Religio con el etymos religere, la que lo vincula con el etymos relegere; y la que lo asocia, finalmente, con el etymos religare.  De estas tres, sólo las dos primeras nos merecen confianza y legitimidad, por estar asociadas al ámbito propiamente tal de la romanidad; la tercera, en cambio, nos merece muchas dudas, pues no sólo es tardía en el tiempo, sino que, además, parece ser una invención que se inicia con el cristianismo y que busca justificar la expresión Religio en la serie de ideas que se asociarán posteriormente a esta palabra.  Ya hablaremos de esto al final de esta reflexión.  Religere y relegere son, a nuestro entender, los etymos legítimos de la palabra Religio.  Ya explicaremos, también, cómo creemos que pueda ser posible que una palabra tenga dos etymos distintos en su significación original.  Religere significa propiamente tal escrúpulo.  Hace referencia, por tanto, a una disposición interior “y no a una propiedad objetiva de ciertas cosas o un conjunto de creencia y prácticas”[1]  “En la época clásica –dice Maurice Sachot- la religio Romana  designa ante todo una actitud, hecha de escrupuloso respeto hacia lo instituido… Por ello se convierte en lo que fortalece a las instituciones y garantiza su duración, por medio de ese vínculo, por ese apego del ciudadano a respetar las instituciones de la ciudad”[2]  

Esta cuestión nos pone sobre la pista de algo que hasta ahora se ignora casi en su totalidad –salvo, por cierto, entre círculos de historiadores, filósofos o especialistas-: el vínculo entre la Religio y las instituciones de la ciudad, o aquello que propiamente tal hace de un romano, en el mundo antiguo, ser romano.  La Religio, en su acepción etimológica, hace referencia a la idea de escrúpulo.  Pero no de cualquier escrúpulo, sino, ante todo, del que cabe tener frente a lo que ha sido instituido en la ciudad, y, por tanto, engloba un sagrado respeto general hacia la urbe y todo lo que ella representa.  Esta idea de Religio denota ya un carácter marcadamente local, no universal.  Ello fue lo que llevó a Cicerón, el célebre filósofo romano, a decir sva cviqve civitati religio (cada ciudad tiene su propia religión).   

Tenemos así los tres aspectos esenciales que supone el concepto original de religio: el escrúpulo (en el sentido de recogerse, de guardarse, de retenerse ante algo que se considera sagrado), la ciudad, la urbe, Roma (como el objeto hacia el que se dirige el escrúpulo de lo religioso y transforma toda forma de religio romana en una actividad social dirigida hacia los asuntos públicos –los res-publicas-, legales y de Estado); y el carácter local o nacional que distingue a cada pueblo según su propia religio, esto es, según la propia relación de escrúpulo (de respeto, de amor, de cuidado) que prevalezca entre el individuo y las instituciones (tradiciones, cultos y costumbres) de su país.  De estos tres sentidos originales de la palabra Religio el primero viene atestiguado, como ya lo hemos visto, por el etymos Religere; el segundo y el tercero se fundamentan en el etymos Relegere.  Este segundo etymos de la palabra Religio nos es, todavía, más legitimo, toda vez que la palabra relegere es la que propiamente tal da lugar a la formación del sustantivo Religio –la voz latina Religere forma el sustantivo Relictio y la expresión Religare (famosa únicamente a causa del cristianismo) forma el sustantivo Religatio (que se aparta ostensiblemente de las dos primeras)-.  Pues bien, la palabra latina relegere es un derivado del verbo legere, lego, que significa, entre otras cosas, leer, pero principalmente, su significación es la de recoger, reunir, recolectar.  ¿Recolectar, recoger qué?  Recoger espigas, uvas, frutos del campo y de las cosechas.  He aquí que la expresión lego, en su sentido original, hacía referencia a una actividad del campo propiamente tal, a un “hacer” ligado a la tierra.  En su sentido más primitivo, Religio deriva de lego, relego, relegere.  Esta es la etimología que propone, al menos, Cicerón.  Pero en Cicerón relegere significa también tratar un asunto con diligencia, con escrúpulo.  De ahí que el sentido de lo escrupuloso quede también integrado en este etymos del relegere.  Pero en su acepción más fuerte relegere está vinculado a los otros dos sentidos originales de la palabra Religio: el que dice relación con las instituciones de la ciudad y el que se vincula al carácter local de esas instituciones.  Las instituciones de la ciudad no son otra cosa que todo aquello que se ha instituido a lo largo del tiempo; por lo que, cuando hablamos de esas instituciones estamos haciendo referencia a aquello que ha permanecido, que ha logrado cristalizar en costumbres y tradiciones; y que, por lo mismo, también, constituyen hoy el fundamento de lo que son nuestras leyes, nuestra cultura, nuestro patrimonio patrio.  Las instituciones de la ciudad, tratándose de Roma, son sus costumbres, sus tradiciones, su derecho romano, sus dioses, su Re-pública.   Ese es el sentido fuerte de la expresión Religio Romana; y es ese sentido el que nos viene dado por el propio testimonio de un filósofo romano, Marco Tulio Cicerón.    La idea de que la palabra Religión deriva de la palabra Religare –cuyo sustantivo legítimo forma la palabra Religatio y no Religio- se la debemos a un filósofo cristiano del siglo IV (o sea, por lo menos, 350 años después de Cicerón y en una época en la que ya, prácticamente, Roma no existe) de nombre Lactancio.  Esta etimología fue muy probablemente propuesta con el ánimo de justificar algo, que en tiempos de Cicerón, habría parecido un notable contrasentido: esto es, el hecho tan común en nuestros días de concebir al cristianismo como una religión.  Por esa razón nos parece de poco valor revisar una etimología tan evidentemente arbitraria, que fuerza el sentido original de un término para hacerlo coincidir con un conjunto de creencias y prácticas originadas en otros suelos lingüísticos, en otras concepciones del mundo y de la vida.

Pero ¿qué relación es la que vincula al ethos con esta idea de la religión (extraída de su significación etimológica en el espacio de la romanidad)?  Sostenemos, en este sentido, que el ethos griego no es algo muy distinto de la religio romana: más aún, lo que designamos como ethos griego es, en esencia, lo mismo que la religio romana.  ¿Cómo puede esto ser posible?  La religio romana hace referencia, en su sentido más primitivo, a una actividad que se realiza, propiamente tal, en el campo.  Religio es relegere y relegere deriva de legere, de lego.  Lego es recolectar, recoger las espigas, los frutos del campo, de la tierra.  El campo romano es el fundamento de lo que después será la ciudad de Roma.  Es en el campo donde los romanos forman su carácter, sus costumbres, sus tradiciones, y las instituciones que algún día harán grande a la urbe de Roma, a la ciudad.  Es en relación con esa tierra que cultivan en los campos de Roma, que se irá forjando el sentido de la Religio Romana, las instituciones a las que posteriormente el romano deberá sagrado y escrupuloso respeto.  Pero este escrúpulo, este respeto por lo que son las tradiciones y las costumbres de Roma que brotan de su tierra se completa, únicamente, en el vínculo que une todo esto a la sangre romana, a la sangre de los padres fundadores de Roma, a aquellos que fundamentarán el posterior patriciado.  El ethos surge cuando hay un vínculo entre la sangre y la tierra, entre la sangre y el suelo; la religio es el vínculo entre la sangre y el suelo. 

Cuando Cicerón definía la Religio como el sagrado respeto a lo que son las tradiciones y las costumbres de Roma, la escrupulosa diligencia a conservar las instituciones y la estructura del Estado, etc., lo que estaba en juego allí era la conservación de Roma, de su sangre y de su suelo.  Esto merece más de una explicación.  Sabido es que en la antigua Roma existían dos clases sociales muy bien diferenciadas: los patricios y los plebeyos.  Y digo “sabido es” como de un modo de expresarse, simplemente, porque si se cree que se trataba de dos clases sociales (idea inculcada por el marxismo y enseñada hasta el presente como si se tratara de la verdad) se comete un error de apreciación grave y una falta de rigurosidad significativa.  Clases sociales, propiamente tal, es lo que se verá aparecer en el mundo moderno con el advenimiento del capitalismo y las formas modernas de producción económica.  Entre Patricios y Plebeyos las diferencias no son de carácter social (de hecho, sorprendería saber de la cantidad de plebeyos que en la Roma antigua poseían mayores riquezas que los mismos Patricios).  Lo que diferencia a los Patricios de los Plebeyos viene determinado por la sangre (razón por la que incluso hasta poco después de la redacción de las doce Tablas todavía seguía prohibiéndose el establecimiento de matrimonios cruzados entre Patricios y Plebeyos).  Los Patricios eran quienes portaban la sangre de los Padres fundadores de Roma, sus descendientes legítimos.  Es en ese vínculo natural (no artificial) que basaban su pertenencia a un grupo humano y sus derechos sobre esa tierra que era Roma.  Los Plebeyos, en cambio, eran los extranjeros.  La lucha, por tanto, entre Patricios y Plebeyos, no es una lucha social entre quienes tienen privilegios económicos y quienes no (como intentó hacérnoslo creer Marx); sino, más bien, una lucha entre quienes son muy consciente de la sangre que portan (los Patricios) -y su legítimo derecho a querer conservarla- y quienes no poseen la calidad de ciudadanos precisamente por no portar esa sangre y no ser descendiente de los padres fundadores de la ciudad.  La Religio romana data de esta época de los orígenes de Roma, en los que la sangre y el suelo fundamentan el ser romano, más allá de cualquier considerando artificial.  Las mores romanas, las costumbres y las tradiciones de la ciudad que luego invocará Cicerón, al hablar de Religio,  no son otras que las que cristalizaron en este época de los comienzos de Roma, época en la que se fundamenta su grandeza y que comenzará a debilitarse y desvirtuarse desde los tiempos de la igualdad de los derechos civiles entre Patricios y Plebeyos (siglo IV a.E.C.). 

Juego de Sombras: Manifestaciones paranormales en EE.UU.

Los fans de la ciencia-ficción se acordarán perfectamente de una serie de televisión que hace más de diez años causaba sensación a ambos lados del Atlántico – Babylon 5 – que postulaba como uno de sus muchos temas la guerra entre los humanos y sus aliados de otros mundos contra la siniestra fuerza de “las Sombras” – seres primigenios dignos de la pluma de Lovecraft – que habían regresado después de un milenio para apoderarse de la galaxia.

El tema que nos ocupa no es tan galáctico ni tan urgente, pero desde hace unos cuantos años, casi ciertamente desde el 2001 en adelante, un fenómeno nuevo y perturbador ha venido sustituyendo al fenómeno ovni y a los misterios de la criptozoología en las preocupaciones de los interesados en el misterio, sus víctimas y sus investigadores. Se trata ni más ni menos que de los informes antes escasos, ahora numerosos, de extrañas formas negras denominadas en inglés shadow people (la gente de las sombras).

El estudio de los fantasmas, desde el siglo XIX, nos viene informando de la presencia de seres que no son precisamente fantasmas ni manifestaciones ectoplásmicas sino siluetas de forma humanoide que se desplazan velozmente de un lado a otro en casas y edificios que tienen fama de estar “encantados”. El investigador inglés T.C. Lethbridge, para mediados de la década de los ’60, intentaba encasillar este tipo de manifestaciones en un apartado distinto al de los fantasmas tradicionales, que incluiría a estas sombras; las creencias ortodoxas sobre fantasmas y fantasmogénesis, por otro lado, apuntan que las sombras tienen un origen más siniestro que las asocia con sitios en los que se han efectuado prácticas de magia negra. Pero estas fugaces siluetas oscuras están apareciendo con mayor frecuencia en nuestros tiempos, llevando a muchos a considerar que puedan tratarse de una nueva manifestación de ser extraterrestre o hasta viajeros interdimensionales de paso por nuestro mundo. Se sabe a ciencia cierta que la presencia de estas sombras en una casa, por ejemplo, es propensa a producir súbitos cambios de temperatura que pueden medirse con instrumentos, además de causar sensaciones de pavor en los testigos (algo que huelga decir, por supuesto) y tienen la peculiaridad de desplazarse en bandadas, atraídas por calamidades naturales y causadas por la torpeza humana. Con esta información en nuestro poder, comenzamos nuestra investigación.

Los amos de las tinieblas

En 25 de febrero de 2004, Art Bell, el conocido locutor de temas paranormales en Estados Unidos, recibió una llamada alarmante proveniente de uno de sus radioescuchas en el estado de Arizona (EUA). El hombre, cuyo nombre no fue dado a conocer, pasó a describir una situación alucinante en una voz pausada y muy controlada. Algunas noches antes de llamar al programa, él y su hermano habían estado sentados al frente de su casa-remolque en las afueras de la ciudad de Tucson, disfrutando de una noche estrellada y cálida mientras que consumían algunas cervezas. Poco después, vieron correr a un coyote, seguido por otros, como si huyeran de algo. Los hermanos fueron por sus fusiles, temiendo que la repentina llegada de estos cánidos resultara en estragos al gallinero de su propiedad.

Internándose en la oscuridad de la noche desértica para cazar a los intrusos, se dieron cuenta que había personas caminando sigilosamente entre las piedras y los árboles de la región – el motivo por el cual los coyotes se habían dado a la fuga. Los dos hermanos decidieron treparse a sendos árboles para ver qué iba a suceder, pensando que se trataba de emigrantes ilegales que cruzan la frontera no lejos de la zona, pero nunca tan cerca de su vivienda.

“Pensamos que estábamos viendo las sombras de los caminantes,” explicó el radioescucha, “pero al momento nos dimos cuenta que no eran sombras, sino siluetas con vida propia que marchaban por la noche.”

Pero el grupo de sombras que transitaban por la tierra al pie de los árboles era sencillamente la avanzada de un grupo más grande—“como una ola de mar” cuyo paso podía sentirse en la noche. El radioescucha explicó que por nada del mundo hubiera encendido la linterna que llevaba consigo, mucho menos abrir fuego contra las extrañas presencias que siguieron su rumbo sin prestar atención a los dos hombres.

¿Qué pudieron haber sido esas extrañas formas, cuya descripción hace recordar tan poderosamente a la nube negra de orcos muertos que envuelve a Gandalf y al rey de Rohan en Las Dos Torres de JRR Tolkien? Más inquietante aún, ¿hacia dónde se dirigían, y con qué propósito? La tradición bíblica siempre ha dicho que los desiertos son el lugar reservado para los espíritus impuros.

A miles de kilómetros de Arizona, en la verde y montañosa Virginia Occidental, cuna del “hombre polilla” y del “monstruo de Flatwoods”, un grupo de adolescentes—los protagonistas casi por excelencia en tales relatos—tendría un encuentro cercano con una de la gente de las sombras.

Corría el mes de julio de 1989 y Suzanne Ocheltree, la joven gerente de un McDonalds en la comunidad de Sago, estaba a punto de cerrar el establecimiento con cuatro de los empleados que eran sus amigos. Este grupo a menudo se dedicaba a hacer camping en las cercanías e investigar las maravillas naturales de su estado. Sin más, Ocheltree y sus amigos decidieron ir a dar una vuelta por Red Rock Road al oeste de la población de Buckhannon a la 1 de la madrugada.

Entrevistada para el libro West Virginia UFOs (1994) Ocheltree recuerda que antes de ponerse en camino, se sintió invadida por una sensación de temor, segura de que “algo terrible les iba a suceder” si se empeñaban en visitar dicho sector a esa hora. Sus compañeros trataron de calmar su preocupación y el grupo se bajó del coche al llegar al prado dominado por una antigua granja abandonada.

“Sabes que ahí espantan”, dijo uno de los chicos de su grupo jocosamente, dirigiéndose hacia la estructura que apenas podía verse en la oscuridad.

Entre risotadas y comentarios de mal gusto, el resto del grupo subió la cuesta hacia la destartalada granja. Suzanne se había resistido inicialmente a formar parte de la expedición a la ruina, pero prefirió no quedarse sola al lado del coche.

“Fue entonces que escuché como regresaba corriendo el chico que se había adelantado al resto del grupo”, explicó la mujer al investigador Bob Teets. “ Volvió corriendo con el rostro blanco y los ojos desorbitados, gritando que algo lo perseguía, que le pisaba los talones. Todos miramos a la dirección indicada y pudimos ver una forma oscura, de unos dos metros de alto, con la forma de un hombre alto. No podía vérsele la cara, pero tenía unos enormes ojos de color verde fosforescente”.

Los cinco visitantes dieron la vuelta y echaron a correr, saltando sobre verjas derrumbadas y evitando obstáculos que eran casi imposibles de ver en la oscuridad. Mientras que huían, explicó que la sombra negra parecía seguirlos, aunque sólo resultaba posible ver los enormes ojos verdes.

Internándose en el coche y abandonando el lugar maldito a toda prisa, Suzanne Ocheltree recuerda que hicieron el viaje de vuelta al estacionamiento del McDonalds en absoluto silencio, pero al llegar a su destino, ella no pudo sino exclamar que no podía bajarse del coche sin saber primero que todos habían visto lo mismo que ella. “Verdaderamente no sabemos lo que fue, pero sentimos miedo, mucho miedo. Había una sensación de maldad en la zona…después del incidente, llegué a escuchar relatos sobre adolescentes que realizaban prácticas satánicas en la región. Se dijo que las paredes de la granja arruinada ostentaban emblemas satánicos y que la policía tuvo que investigar”.

La experiencia de Susan Ocheltree no es única. Otras personas en otras partes del mundo que han entrado –sin saberlo—en lugares empleados para prácticas de magia negra se han encontrado a menudo con “guardianes” de corte sobrenatural que parecen vigilar la zona. En este caso, el protector de los secretos de la granja abandonada lo era una sombra negra…

Encuentros estremecedores

En fechas recientes la página “Paranormal Phenomena” de Stephen Wagner (www.about.com) hizo mención de un caso sucedido en el estado de Nueva Jersey en una casa suburbanita de este estado-alcoba al oeste de la ciudad de Nueva York. El testigo, identificado sólo como “MSF”, cuenta que poco después de haberse mudado a dicho inmueble, sus hijas se quejaban de que “algo” podía verse en movimiento en el sótano, que utilizaban como lugar de juego. La silueta parecía vivir en el techo del espacio subterráneo en cuestión, cerniéndose sobre las chiquillas. Poco después, MSF convirtió el sótano en taller y pudo constatar que sus hijas no le mentían: el espacio estaba lleno de sombras negras en movimiento constante a lo largo de uno de los muros. “Nunca las vimos en ninguna otra parte de la casa aparte de esa, pero aún cuando no nos era posible verlas, estábamos muy conscientes de su presencia. Algunas parecían ser malévolas. Años después, me fue necesario decirles que su presencia no era bienvenida y parecieron alejarse por algún tiempo.”

Según las declaraciones de MSF, tuvo la oportunidad de tener un “encontronazo” con una de estas perturbadoras siluetas mientras que iba de paso a la cocina, llegando a pensar que un intruso había irrumpido en su hogar: “Todo sucedió muy deprisa. La luz no penetraba la silueta como lo hubiera hecho con una sombra—era fornida y con cabeza, pero sin facciones, y con hombros, brazos y torso. Desapareció tan repentinamente que no pude verle ni piernas ni pies. Pude detectar que la sombra estaba tan sorprendida como yo, y que no había esperado ser vista”.

La experiencia de MSF recuerda poderosamente al famoso “caso de Hackettstown” investigado por el parapsicólogo Peter Jordan y el grupo Vestigia en la década de los ’70, en la que una familia se vio hostigada por presencias parecidas hasta que se descubrió que el lugar había sido empleado para realizar prácticas sobrenaturales, con la condicionante de que las sombras sólo aparecían cuando ciertas constelaciones brillaban en el firmamento.

Otro testimonio recoge un encuentro extraño en medio de la noche en el seno de una casa estadounidense. El protagonista, Dennis (pseudónimo), narra su experiencia en la página web Darken Souls, donde cuenta que hace una década, se dirgía hacia el cuarto de baño de su casa en horas de la madrugada y que estaba despierto y libre de cualquier sustancia intoxicante. Al pasar al lado de la habitación de sus padres, se dio cuenta que había algo raro en el techo de dicho cuarto – una sombra negra y casi traslúcida que parecía estar adherida al techo, con brazos enormes que parecían las alas de un murciélago.

Maravillado y sin sentir miedo, “Dennis” mantuvo la mirada fija en el fenómeno, que repentinamente se sintió vigilado. La sombra dejó su siniestra vigilancia de los adultos y fijó su atención en el testigo, aunque no podían distinguirse ni cabeza ni ojos. “Y he aquí lo más extraño,” escribe el testigo. “Con el enorme brazo derecho, el ser hizo un gesto que me tocó directamente en el ojo izquierdo, y pude sentir una sensación fría por el momento. Después de hacerlo, la criatura se sacudió ligeramente, se recogió y desapareció. Todavía tenía la sensación de falta de miedo absoluto y llegué a preguntarme por qué no me había horrorizado dicha experiencia. Fui al baño, regresé a mi habitación y me metí en cama de nuevo”. Pasaron años antes de que el testigo hiciera mención del fenómeno a su padre, quien le creyó sin lugar a dudas, sugiriendo que era una especie de demonio.

En el mes de junio de 1989, los esposos Jeff y Terry Glisman adquirieron una casa en el condado de Troup, estado de Georgia (EUA), estructura cuyos antecedentes se remontaban a la Guerra de Secesión. A los pocos días de la mudada a su nuevo hogar, el matrimonio comenzó a verse asediado por sombras negras, incluyendo una sombra gigantesca (de dos metros de alto) y la de un niño pequeño.

Después de haber vivido en la casa encantada por algunas semanas, los Glisman comenzaron a reñir como nunca antes, sufriendo pesadillas durante noches seguidas. “El perro no se atrevía a entrar en la casa”, recuerda Terry Glisman, “y nuestro gato se la pasaba en el cuarto de baño, con la mirada fija en una esquina del techo.

Las sombras manifestaban claramente su disgusto ante los recién llegados y su joven familia. Una noche – como si se tratara de una novela de Stephen King – el matrimonio se despertó sobresaltado al escuchar un zumbido insistente que provenía de la cocina. Al ir a investigar, no percibieron nada extraño de repente – hasta que la Sra. Glisman dirigió la mirada a las ventanas, descubriendo que las rejillas de alambre de las mismas estaban abarrotadas de escarabajos. La tela metálica cedió ante el peso de los insectos y los Glisman se pasaron el resto de la noche echando a los escarabajos de su casa.

Las sombras se ensañaron contra los niños de la pareja Glisman: una puerta corrediza de vidrio, aparentemente bien colocada en su marco, cayó sobre el hijo de la familia; posteriormente una viga de madera se desplomaría en el garaje de la casa, cuando los niños estaban presentes. Desesperada, la Sra. Glisman comentó el asunto con su madre, quien no dudó en ponerse en contacto con una psíquica que le dio el siguiente consejo: era indispensable que la aguerrida familia colocase una Biblia en cada habitación y que hiciesen todo lo posible por mudarse de aquel maldito lugar, donde las sombras campaban por sus respetos…

A los quince años de edad, Brad Fisher y sus padres se mudaron desde el estado de Massachusetts en la costa atlántica de Estados Unidos a la ciudad de Provo, Utah, en el seno de la religión mormona. Los padres de Brad habían quedado encantados con una vieja casa de granja y se decidieron a remodelarla. Los vecinos no tardaron en compartir historias con los Fisher sobre el viejo propietario del inmueble, un ermitaño de mal genio que había muerto 20 años atrás de manera atroz mientras que quemaba basura en el manzanar de la propiedad.

Fisher recuerda que una noche, su hermana, que contaba con 10 años de edad al momento, se había levantado para ir al baño cuando percibió una silueta oscura en la puerta de una de las habitaciones. Pensando que se trataba de su madre, le dirigió la palabra. En ese momento, la silueta comenzó a desplazarse hacia la niña, emanando una maldad palpable. Su hermana, recuerda Fisher, comenzó a gritar hasta que toda la familia acudió a ver lo que pasaba. Curiosamente, ni los adultos ni los demás hermanos jamás tuvieron experiencias con la sombra, a pesar de que ahora opinan que la vieja casa de granja efectivamente albergaba fantasmas.

Parecería ser que el sur de EUA ejerce una atracción especial sobre estas misteriosas siluetas: “C.B.” de la ciudad de Montgomery, Alabama (EUA) recuerda una experiencia espeluznante ocurrida en el verano de 1985 mientras que él y su esposa dormían sobre un colchón de agua en su recámara. La pareja escuchó el retintinear inesperado de unos colgantes en su salón, y poco después una presencia entró a su habitación—una cosa malformada que parecía no haber completado su transmogrificación del todo.

“Era una cosa alta, y sus brazos no podían verse bien definidos”, escribe el testigo. “Dentro de unos segundos, había adoptado una forma nueva. La cosa era mucho más oscura que la oscuridad que imperaba en el cuarto. Aquello se quedó ahí por unos 30 ó 40 segundos mientas que nosotros no reaccionábamos en absoluto. De repente, se internó deprisa en la pared justo al lado de nuestro lecho”.

Nuevamente es de extrañar que la aparición de un bulto deforme a mitad de la noche no haya resultado en un paroxismo de terror por parte de los testigos, pero C.B. y su esposa recuerdan haberse mostrado extrañados por la cosa y no atemorizados.

Chris Clay se puso en contacto con el programa de radio Coast to Coast para informar sobre la extraña experiencia que ocurrió en su casa a plena luz del día. Su hija, que contaba con 7 años de edad en aquel momento, la acompañaba en la cocina cuando ambas vieron una sombra negra que se desplazaba a gran velocidad y que se refugió debajo de la estufa. Madre e hija se miraron intrigadas, y la Sra. Clay pensó que pudo haberse tratado de algún roedor que se había metido en su hogar. Una inspección del enser doméstico no reveló la presencia de ratones. ¿Qué pudo haber sido esa extraña sombra que fue vista por dos testigos, en una casa que no tenía fama de albergar fantasmas?

Jeff. A, vecino de Marysville, Washington (EUA) regresaba a su casa durante la primera semana del mes de junio de 2002 a las 4 de la madrugada justo antes de rayar el alba. Conduciendo a lo largo de la calle 132 en dicha población, Jeff llegó al vado que cruza el arroyo Quill Cedar y vio algo inesperado.

“Creí estar viendo a un adolescente que caminaba en mi dirección pero en el carril opuesto. Pensé que el fulano tenía que ser un idiota, para andar vestido de negro a estas horas”. La silueta dio la media vuelta y pareció internarse en un zarzal. Pero cuando el coche de Jeff A. alcanzó dicho punto en la calle, descubrió que era imposible que nada ni nadie se internara en la tupida vegetación. “Sentí que se me erizaban los pelos de la nuca al darme cuenta que aquello que tomé por un adolescente parecía no haber tenido facciones, y que solo se había tratado de una silueta negra que desapareció en una vegetación impenetrable. Para cuando llegué a mi hogar, estaba temblando de miedo”.

Teorías al respecto

Dada la poca información sobre un fenómeno que al parecer es bastante reciente, la especulación sobre el origen de estas extrañas siluetas ha recorrido una extensa gama de posibilidades.

Algunos interesados en el asunto se han aventurado a decir que son fantasmas tradicionales cuya actitud hacia los vivos va desde una timidez notable hasta una maldad que raya en lo diabólico. Manifiesta una clara inteligencia, sin embargo, que no se percibe en los casos de fantasmas tradicionales.

Otras teorías más aventuradas sugieren que la gente de las sombras son, en efecto, viajeros astrales que han logrado dominar una nueva técnica que les permite internarse en las vidas de las personas con cierta solidez…técnica que, por cierto, pudo haberse obtenido mediante prácticas de magia negra. Como corolario a esta posibilidad, algunos nativoamericanos han ofrecido la posibilidad de que las sombras negras sean una clase de viajero incorpóreo harto conocido por sus sociedades: el temido skinwalker o trotapieles, un hechicero que tradicionalmente adoptaba formas animales (nagualismo) para cometer sus fechorías, mayormente las de un oso o lobo. Aunque los trotapieles casi siempre tienen un propósito fijo en mente, algunos hechiceros realizan tales teleportaciones por curiosidad, espiando las vidas ajenas. Tal vez a eso se deban los casos en que dichas sombras parecen estar “sorprendidas” al haber sido detectadas.

Las asociaciones de las sombras con el fenómeno OVNI no podían hacerse de rogar: algunos testigos han ofrecido la posibilidad de que la reciente “invasión” de sombras negras represente la nueva oleada de seres extraterrestres que ha sustituido a los “grises” que tanto furor causaron en la década de los ’90. Lo malo de esta hipótesis es que las sombras no se han producido necesariamente en lugares dónde el fenómeno ovni se ha manifestado con regularidad, aunque este sería el momento para dar a conocer una posibilidad algo perturbadora.

En los años ’90, el escritor Michael Lindemann entrevistó a varias personas cuyos padres habían trabajado para el sector de la industria bélica de los Estados Unidos y que comentaron que sus familias se habían visto “plagadas” por fenómenos paranormales como consecuencia de dicha asociación. En su libro UFOs and The Alien Presence (1995) Lindemann plasmó la historia de “Marty”, de 31 años de edad, cuyas experiencias con siluetas fugaces, que sólo podía distinguir con el rabillo del ojo, se produjeron a partir de su vinculación a proyectos “negros” relacionados con la aviación militar.

“Pienso que hay una presencia alienígena en esto…durante siete años, desde que comencé a trabajar con los aviones, cosas raras se vienen sucediendo en mi hogar y a mi alrededor. Mueven cosas, abren y cierran puertas, me desaparecen las llaves…durante mi ausencia del hogar”, comenta “Marty” al escritor Lindemann, “mi esposa ha experimentado los mismos movimientos en la casa – libros que estaban en los anaqueles aparecen sobre una mesa y las puertas se cierran solas.”

“Marty” explicó que su trabajo con proyectos de alto secreto le ha puesto en contacto con muchos militares que afirman haber experimentado lo mismo. Los soldados destacados en Pearl Harbor, Hawai, usaron la palabra nativa huna para describir el fenómeno. Los “mini-huna” son responsables de la desaparición de objetos, el movimiento inusual de objetos, etc. “Es algo que ocurre fuera del alcance de la vista.”

Por extraña que pueda sonar esta posible asociación entre los ovnis y las siluetas oscuras, debemos recordar que muchas víctimas de experiencias de secuestro por ovnis o testigos de encuentros cercanos del primer, segundo y tercer tipo suelen quejarse del componente “paranormal” que caracteriza sus experiencias, y que suele producirse después del evento.

Las misteriosas sombras también han sido asociadas con viajeros interdimensionales, cuya aparición se produciría en nuestro medio como sombras.

Otra teoría, más inverosímil que las otras, sería que ya comienzan a sentirse los estragos del mal manejo de las energías sutiles por agencias secretas de los gobiernos – proyectos como el calentador atmosférico HAARP, por ejemplo – que han resultado en una especie de dilución de la barrera, por así llamarla, que separa al mundo físico del mundo de lo paranormal, proceso que tuvo su comienzo con la detonación de la primera bomba atómica en 1945 y que continúa hasta nuestros días. Los estudiosos de la ufología y lo paranormal pueden afirmar a ciencia cierta que los fenómenos extraños se han redoblado en años recientes y que el misterio ha llegado a formar parte de la vida cotidiana de muchos. ¿Será que las fugaces siluetas que atormentan a muchos representan, efectivamente, una nueva intrusión en el mundo físico? Aún no tenemos suficientes elementos de juicio sobre dichas extrañas presencias, y los años venideros serán de gran importancia para nuestra comprensión del fenómeno.

martes, 9 de enero de 2018

Después de más de 300 años, descifran la misteriosa Carta del Diablo.

La carta del diablo es una misiva cifrada alojada en el convento de Palma di Montechiaro en Italia. Su mensaje ha desconcertado a los investigadores durante más de trescientos años. Se cree que la carta fue escrita en 1647 por la mano de Sor María Crocifissa della Concezione bajo la dirección de Lucifer.

La Hermana María entró en el convento benedictino de Palma di Montechiaro a la edad de 15 años. Según los historiadores, la Hermana María despertó de un desmayo con un extraño sentimiento de que el diablo “la había controlado”. Notó que estaba cubierta de tinta y varias cartas estaban esparcidas sobre su escritorio. Examinando las cartas, encontró una mezcla ininteligible de manuscritos antiguos y anagramas misteriosos. La Hermana María admitió a otros en el convento que las notas eran mensajes de Lucifer entregados a la Hermana María en un estado de ensueño.

Durante siglos, los investigadores fueron incapaces de descifrar el contenido críptico de la carta (sólo una carta sobrevivió), hasta septiembre de 2017 cuando los investigadores del Centro de Ciencias Ludum de Catania, Sicilia descifraron la carta usando un sofisticado algoritmo encontrado en la web oscura.

El algoritmo criptográfico utilizado para descifrar la carta fue descubierto en un software que se cree fue escrito por un estado-nación (probablemente los Estados Unidos). El software era único, inteligente y muy bien escrito.

“Usamos el software con el griego antiguo, el árabe, el alfabeto rúnico y el latín para descifrar parte de la carta”.

Su trabajo funcionó. Al igual que las huellas dactilares que aparecen en una ventana empañada, el mensaje de la carta comenzó a desentrañar el mensaje pieza por pieza. Su primer vistazo al significado retorcido de la carta reveló esta simple frase:

“Dios piensa que puede liberar a los mortales, pero el sistema no funciona para nadie”.

Los investigadores dicen que el texto encriptado también contienen fragmentos de texto que degradan a Dios, a Jesús y al Espíritu Santo como “pesos muertos” que la humanidad debe intentar esquivar. Otra frase pasó a decir “tal vez ahora, Styx es verdadero.” Styx es el río mítico que separa la humanidad del inframundo.

Encuentran Una Biblia de Más de 1500 Años que Afirma que Jesucristo no fue Crucificado.

Una Biblia con más de 1.500 años fue descubierta en Turquía y es motivo de preocupación para el Vaticano. Eso es porque esta Biblia contiene el Evangelio de Bernabé, que fue uno de los discípulos de Cristo, que viajaron con el apóstol Pablo, la cual mantiene una visión de Jesucristo similar a la del Islam.

El libro habría sido descubierto en el año 2000 y ha sido mantenido en secreto en el Museo Etnográfico de Ankara. El libro, hecho en cuero tratado y escrito en un dialecto del arameo, el idioma de Jesucristo, tiene páginas negras, debido a la acción del tiempo. Según las noticias, los expertos evaluaron el libro y se aseguraron de que es original.

Las autoridades religiosas de Teherán insisten en que el texto demuestra que Jesús no fue crucificado, no era el Hijo de Dios, sino un profeta, y llamó a Pablo, el “impostor”. El libro también dice que Jesús ascendió al cielo vivo, sin haber sido crucificado, y Judas Iscariote habría sido crucificado en su lugar.

Habla sobre el anuncio que dio Jesús de la venida del Profeta Muhammad, quien fundaría el Islamismo 700 años después de Cristo. El texto prevé la llegada de la último mesías islámico, hecho que no ha sucedido todavía.

El Vaticano ha mostrado preocupación por el descubrimiento del libro y pidió a las autoridades turcas para que expertos de la Iglesia Católica evalúen el contenido del libro en la Iglesia Católica. Se cree que la Iglesia Católica en el Concilio de Nicea, ha realizado la selección de los Evangelios que formarían parte de la Biblia, suprimiendo algunos, entre ellos posiblemente el Evangelio de Bernabé.

También existe la creencia de que había muchos otros evangelios, conocidos como Evangelios del Mar Muerto.

El Mundo Andino Celebra la Llegada de las Almas de sus Muertos.

Una familia indígena boliviana baila, bebe y come en un cementerio cercano a La Paz en torno a la tumba de su ser querido, cuyo espíritu retorna al mundo de los vivos como cada 2 de noviembre, Día de Todos los Santos, en una tradición que se remonta a épocas arcanas.

El alma de Elsa Yujra, fallecida por enfermedad a los 64 años en febrero de 2009, regresó con los suyos por unas horas, según su esposo, Isidro Lecoña, quien combina su creencia ancestral indígena con el catolicismo, una práctica que no desaparece y, al contrario, se ha generalizado entre los bolivianos.

“Hemos venido a despachar el alma de mi esposa porque ayer (Día de los Difuntos) la recibimos en casa”, señala Lecoña que, junto a los dos hijos y los hermanos de la difunta, muestra una provisión de alimentos que solía gustarle a su esposa.

Según la tradición, el 1 de noviembre los espíritus vuelven al mundo de los vivos y un día más tarde retornan al más allá, razón por la que son despedidos con homenajes y fanfarrias por sus familiares.

“Le gustaba la sajta (guiso de gallina), por eso hemos traído”, dice Lecoña, que ha montado un arreglo de velas, flores, frutas, panes y golosinas alrededor de la tumba de su mujer muerta.

En otras tumbas del cementerio general de Villa Ingenio, a 25 km al oeste de La Paz, en los 3.800 metros de la altiplanicie andina, los familiares beben abundante cerveza -a veces hasta quedar dormidos- y bailan los aires folclóricos de preferencia del difunto.

Zampoñas (instrumento andino de viento) y tambores hacen el fondo musical de esta curiosa festividad, además de mariachis, si ese era el gusto musical de preferencia del muerto al que se recuerda.

Los dolientes forman toda una parafernalia alrededor de la llegada de las almas: elaboran escaleras de pan -para que el espíritu no tenga dificultad para retornar del mundo terrenal al celestial-, o caballos, para que el viaje le sea leve.

Según el ritual “los ‘ajayus’ (espíritus) que regresan de las montañas para convivir durante 24 horas con sus familiares, amigos y seres queridos”, explica Nicolás Wallpara, jefe de artes populares de la alcaldía de La Paz.

La tradición indígena ha trascendido a otras capas sociales de la clase media que honran a sus muertos en el cementerio central de las afueras de La Paz. En otros lugares como Tarija o Santa Cruz lo hacen por la noche.

En La Paz, la tumba del popular comunicador y político Carlos Palenque, fallecido en 1997, congrega a cientos de personas.

La tumba del cura español Luis Espinal, torturado y asesinado por paramilitares al servicio de la dictadura militar de los 80, y considerado “mártir de la democracia”, recibe también decenas de visitas.

El rito pagano-religioso de “recibir a las almas” es tolerada por la Iglesia católica que, sin embargo, la ve con alguna aprehensión.

“El Señor no nos invita a que nos pongamos a llorar, ni a repetir gestos que no son los auténticamente cristianos, porque recordar a nuestros difuntos no se reduce a ir a encontrarnos con un poco de huesos en un cajón de madera”, dijo este martes en su homilía el cardenal Julio Terrazas.

domingo, 7 de enero de 2018

La salud del cuerpo y del alma, según los indígenas.

En su habitación, coloque la cabecera de la cama hacia el norte, no deje los zapatos adentro, use cobijas y pijama de algodón, retire los aparatos electrónicos y los objetos elaborados con materiales industrializados, garantice buena luz y ventilación en el día y obtendrá en la noche un espacio para descansar en plenitud, complementar un buen vivir y evitar enfermedades.

La “madre tierra” tiene sus polos magnéticos. El positivo está al norte y el negativo al sur. Si duerme con la cabeza hacia el sur sus días serán erráticos y sentirá cansancio, debe tener limpio el campo áurico, sin contaminación electromagnética de aparatos que absorben la energía y contaminan los cuerpos de radiación que debilita y enferma. Y no use cobijas ni pijamas sintéticas, pues aíslan la energía vital.

En su ambiente cuide el agua, que “no es sólo un símbolo de vida, sino la vida misma, la sangre de nuestra tierra”, viva en equilibrio con la naturaleza y “valore el lugar de la mujer como garante de la vida, transmisora de la cultura y cuidadora de la sabiduría y salud de nuestros pueblos”.

Esas son algunas de las enseñanzas que trajeron al Primer Encuentro Internacional de Culturas Andinas de Pasto chamanes, abuelas y abuelos, mamos y mamas, médicos y médicas tradicionales, taitas, sabedores de la cultura ancestral y guías espirituales representantes de los pueblos originarios americanos reunidos entre el 12 y el 22 de agosto  en la capital de Nariño, Colombia.

Enfermedades del alma

La limpieza, el orden, la alimentación natural, la energía del sol y la fuerza de la tierra, el agua pura y alejar las entidades dañinas son fundamentales para la buena salud, que no es vivir mucho tiempo, sino vivir bien, sin afecciones, ni dolencias, ni suciedades en la sangre que también producen las enfermedades del alma.

Para el guanés Arturo Benitez, líder de un grupo establecido entre Charalá (Santander del Sur) y Duitama (Boyacá) y Charalá, llamado Leengavoov, no se debe compartir platos ni cubiertos, menos el cepillo de dientes, ni sentarse en cualquier parte porque los microbios, las entidades malignas y las larvas cósmicas están siempre al acecho.

El chamán Humberto Piauaje, de la comunidad amazónica distribuida en las riberas de los ríos Putumayo, Piñuña Blanco y Cuehembi, en la frontera con Ecuador, recomienda calzado liviano y evitar materiales que aíslan la energía vital que emana la tierra, porque al contacto con ella sale la mala energía y entra la buena.

Leengavoov afirma que las larvas cósmicas, que son invisibles, están buscando cuerpos vivos para invadir, y que por eso “nunca, jamás”, se coma un alimento que haya caído al piso porque “a la boca llegan entidades microscópicas, larvas que superviven al nivel de los tobillos, y ensucian la sangre: en la sangre está el alma y por eso hay que evitar que se ensucie. Si está sucia la sangre está sucia el alma”

En la respiración está la misma vida

El arhuaco Benerexa Márquez agrega que “en la respiración está la misma vida”, por lo que hay que respirar de manera adecuada, “tomar el aire por la nariz y sacarlo por la boca, con tranquilidad, casi al ritmo cardiaco, y empezará a tener salud y a generar mayor dinamismo y conocimiento. El aire es vital”.

Hacer mucho ejercicio, pero nunca dejar que el sudor se seque en el cuerpo, porque son toxinas que vuelven a entrar al cuerpo si no se limpian, y no usar ropa sucia ni tampoco sintética porque aísla de la naturaleza y del cosmos.

El ambiente donde habita debe ser de tranquilidad, sin ruidos, el ruido contamina. Los aparatos electrónicos y los aparatos celulares absorben la energía buena e invaden los cuerpos con radiaciones.

“La suciedad atrae larvas astrales, etéreas, sutiles que viven en una dimensión paralela, vibrando a la frecuencia de las personas y cuando entran al cuerpo las larvas se tornan enfermedades o entidades, espíritus malignos o ciegos. Es energía que pulula en lo astral y busca donde vivir y los cuerpos humanos son donde mejor viven”.

La noción de bienestar en el mundo indígena, está en cierta forma vinculada a la idea del sentirse bien como resultado de un estar cómodo en una territorialidad propia. Pero esto sólo es posible en la medida que el individuo o la familia ejerce un estado de vida sin que se limite su acción, su decisión, su contacto y su desplazamiento, es decir, implica un estado de libertad, por tanto, más que la comodidad material del espacio domiciliario, es un estar cómodo de la subjetividad en su territorialidad.

Es un bienestar generado por la buena convivencia con el entorno ecológico y social y no así estrictamente económico, y las condiciones las proporciona el territorio con sus recursos y sus habitantes con sus prácticas socioculturales.

Las malas vibraciones, la envidia, la negatividad, la depresión y oscuridad de mentes y almas de los demás podían adherirse como una melaza pegajosa a nuestro aura con “malos espíritus”, entidades desencarnadas que pululan por ahí perturbándonos, enfermándonos, llevándonos a pelearnos con nuestros seres queridos, confundiéndonos para que tomemos decisiones equivocadas en la vida.